Mercadona

Ya volvió Jon anoche. Mejor. Me cuesta dar a basto sin él. Ayer hice malabares para poder llenar la nevera, ir a clase y organizar a la niñada para el colegio de hoy. Tuve que llevarme a María al Mercadona y aquello fue como ir a comprar con Harpo Marx puesto de speed-ball. Por cada cosa que yo metía en el carro, ella metía ocho. Inverosímiles todas. Mascarillas para el pelo, fideos chinos, bastoncillos de oídos, sacos de quinoa, manojos de cebolletas, patas de pulpo… Todo lo que veía que le gustaba de forma, tacto o color, allá para el carro que se iba. Al final me harté de hacer de reponedor, y la senté en la sillita del carro. «Ahora ahí sentada y a mirar a papá ¿eh? ¿vale?» «Vale.» Claro. Claro que vale. Para María siempre es vale. Ella nunca discute, ni se enfada, ni patalea, ni llora. Ella te sonríe, te asiente y te mira angelical. Y luego en cuanto te das la vuelta, hace lo que le sale del potorro. De hecho, la única diferencia entre dejarla suelta y sentarla en el carro, fue que en vez de llegar a la caja con las mierdas imposibles de los estantes inferiores, llegué con las mierdas imposibles de los estantes superiores. Como la pata de pulpo. No recaí en que la llevaba en el carro, hasta que no estaba ya en la caja, y me dio vergüenza dejarla allí en medio, toda húmeda y viscosita, así que hala. Pa’casa el pulpo. Fue impagable la cara de Jon ayer por la noche cuando fue a coger una cerveza y se la encontró en el frigo. «¿Has comprado…pulpo?» «Pues… ehm… más o menos.»

¿Qué cómo está Jon? como siempre que vuelve. Barbudo, cansado, cariñoso y jodidamente guapo.