María y la fuerza

Hemos llevado a María a ver Star Wars (y ya prometo no volver al tema). No era la idea, porque es muy pequeña y pensábamos que el ruido la descentraría. Pero ya ves tú. Los cojones. Le encanta el cine. Se queda completamente fascinada. La sentamos en el alzador, la ponemos el vaso de las palomitas en las rodillas, y ahí se queda. Ensimismada. Desde el primer anuncio hasta el último título de crédito. La niña nerviosa y charlatana que no para quieta ni 15 segundos, se transforma. Desaparece y da paso a la niña formalita, concentrada, quieta e inmutable que por no mover, no mueve ni los párpados. Magias y misterios de la pantalla grande. De la historia no creemos que haya pillado ni cacho, pero igual da. Se ven naves espaciales, y tiros láser y con eso a ella le vale. Sale del cine dando saltos y luchando con pistolas imaginarias, como un ratón espídico. Hemos tenido que ver la película doblada, porque María aún no sabe leer. No te puedes imaginar qué diferencia. Nunca entenderé lo del doblaje. De verdad. Nunca. Creo que no hay nada más paleto y más significativo de pobreza cultural para un país, que doblar películas a su idioma.

Estoy raro, irascible y somnoliento. Temo que mis hipertensiones cerebrales estén otra vez haciendo de las suyas. Por si acaso, he limitado un poco el ritmo que le estoy dando al kindle y al móvil. Lo siento por los libros que se me quedan atrás. Incluso a pesar de saber que no van a moverse de ahí.