Beor

He empeorado. Un sorpresa, porque se supone que los resfriados van hacia delante, siguiendo la regla del hoy fatal-mañana mejor. Pero no. Se ve que mi “hoy fatal” todavía no había llegado. Anoche me subió la fiebre hasta los 38 y hoy he amanecido con 39. Así que me he quedado en casa a disfrutar de mis orejas ardientes. Aprovecho que tengo que pedir cita online al médico para escribirte. Jon se ha ido a comprarme drogas antigripales del Isfas (que son las más potentes y mágicas del mundo mundial) pero hace ya 2h. que se fue y sigo sin drogas y sin Jon, así que… por ahora no veo luz al final del túnel y cada vez me duelen más los huesos (que uno se da cuenta de todos los que tiene, hasta que le duelen).

Estoy muy llorica. Tendrás que perdonarme. Es el pánico. Yo debería estar ahora mismo haciendo un croquis de pastas, rellenos y hervidos. Y mírame. Escribiendo un post absurdo, en pijama y bata, y con el bolsillo lleno de pelotitas de kleenex. Me va a comer el tigre de la Nochebuena. Ya te lo digo. Jon dice que no me preocupe. Que si no se puede preparar, no se prepara. Y lo dice con su tono de voz quedo y tranquilo. Como si realmente todo importara una pelotilla de kleenex. Yo me ataco. Abro mucho los ojos. Arqueo las cejas hasta que se me pierden en el flequillo. “¿¿¿PERO Y QUÉ PONEMOS EN EL PLATO SI NO LO TENGO HECHO???” y él sonríe. “Les vaciamos un par de bolsas de patatas fritas.” Eso dice. Justo antes de desaparecer silbando por la escalera. Y yo… no sé. No sé si amarle más o darle un empujoncito y que aterrice con los dientes en el paragüero.

De mayor quiero ser Jon. Siempre. Entero. Desde el primer rizo de la coronilla hasta la punta de las uñas de los pies.