Gus

Hoy ha venido Gustavo a mi trabajo para acompañar a su primo que tenía una entrevista, y para traerme la invitación de boda. Me ha gustado mucho el diseño. Blanca, con una línea plateada muy leve y una tipografía de palo seco en color gris. Se lo he dicho mientras tomábamos café. Que era muy sencilla y muy bonita. Él ha dicho “Como la boda. Que va a ser tan minimalista que no va a tener ni familias.” Nada más decir eso hemos soltado los dos un poco de risa, y después se ha puesto a llorar. Sin grandes aspavientos. Un llanto sencillo y bonito, como su invitación. Le he abrazado. No suelo abrazar a la gente que llora. Soy más de dejarles espacio para respirar y para calmarse. Pero esta vez me parecía que sí le iba a venir bien. No sé por qué. Hemos estado un buen rato así. Cogidos como dos monitos en la mesa de la cafetería. No quiero que Gustavo esté triste. Las bodas no son para ponerse triste. Son para todo lo contrario. Le he preguntado qué planes tenía para Nochevieja y me ha dicho que ninguno porque las cosas en su casa no estaban bien y procuraba pisarla poco, así que les he invitado a él y a Jokin a cenar con nosotros. Es romper con lo establecido, porque a Jon no le gusta tener invitados en Nochevieja para nuestra cena de tribu, pero me ha parecido que era una especie de “estado de emergencia emocional” y que este año teníamos que hacer una excepción. La invitación está hecha y aceptada. Ya me pelearé con Jon lo que haga falta. Supongo que no demasiado. Está furioso y solidario con el tema de la boda. Dice que si por él fuera, desplegaría una pancarta a lo largo del edificio donde viven los padres de Gustavo con un letrero que dijera SOY GAY Y ME PASO VUESTROS JUICIOS POR LA PUNTA DE LA POLLA. En la mente de Jon no caben medias tintas. No entiende la actitud de Gustavo. Él ha sido fuerte toda la vida. Jon no llora ni se retira en silencio. Jon grita y patea puertas. No comprende que son diferentes formas de canalización de una misma tristeza.

Aunque desde luego… yo también prefiero mil veces la suya.