Casas para jugar

Aún no he abierto la Cintiq. Miento. La abrí ayer. “Solo un minutín, para probarla antes de cenar…” La saqué, la enchufé, aparecieron los gatos, los perros, se me cayó el pen, el gato lo rodó hasta la puerta, me levanté echando chispas, recuperé el pen, le quite el cargador al perro de la boca, me cagué en dios, lo guardé todo en su caja y la subí en lo alto de lo alto de lo más alto, a espera del fin de semana que tenga mis horas largas de silencio y mis puertas que se cierran y se controlan. Aunque lo del silencio es relativo. Le regalamos un triciclo a María (por recomendación de la fisio para su hemiparesia) y ha convertido toda la entreplanta, en una especie de pista de competición. Nuestra casa tiene tres plantas. La baja, la entreplanta, que es donde se distribuyen los dormitorios y el palomar-buhardilla que está en todo lo alto y es donde yo me encierro a pintar las paredes y tirarme de los tejadillos. Bueno, pues la entreplanta es circular y da toda la vuelta, desembocando únicamente en la escalera de subida y de bajada. Y para nuestra desgracia, María ha tardado cero coma en descubrirlo. Lista y puñetera como es, pensó “aquí me hago un rally sin tener que parar, ni cambiar de dirección”. Así que dicho y hecho, arrastró ella solita el triciclo por las escaleras trincla-trancla y allí lleva tres días. Dando vueltas sin parar a toda hostia. Pero a toda hostia. Y cuando digo a toda hostia, me refiero a tomar las curvas a dos ruedas y con derrape. Sí. Ya sé que ahora te ríes y piensas que exagero. Pero no. Ni un pelo. Cuando estás en la cama y la ves pasar por la puerta, no distingues más que una mancha difusa y el runclarunclaruncla de los pedales. Tanto es así que Jon ha tenido que ponerle paneles de foam a lo largo de todos los travesaños de la barandilla, al estilo de las pistas de Fórmula 1, para que rebote un poco en las hostias como panes que se mete. Ya en su momento tuvimos que poner una tela de red cubriendo la distancia entre barrotes, porque descubrió que era superdivertido lo de tirar las zapatillas de Bob Esponja por los huecos y nos tenía el cráneo frito a bobesponjazos. Y mira. Ahora el foam. Porque es eso, o que en una de estas se nos deje las costillas o los cuatro dientes de ratón esos que tiene, contra un barrote. Ahora cuando subes las escaleras, entre la red y los parapetos, parece que estés entrado en una zona de guerra. Y ya si subes hasta la buhardilla ni te cuento. Directamente sientes deseos de armarte con un punzón y ponerte a buscar dónde están los zombies.

Nah… A Jon no le importa demasiado. Hace tiempo que lo de la decoración supercuqui se lo pasó por el forro. Creo que fue directamente cuando Maríamemato entró en casa. Hasta entonces más o menos, se había podido mantener viva alguna escultura o algún jarrón. Ahora ya… nuestro comandante da la misión por perdida. Cuando alguien le pregunta si nuestra casa es bonita, él responde “es una casa para jugar.” Pues eso. Eso justamente.


N. del A: He hecho 568 correcciones a este post. Pido perdón a los “feederos”. Voy a chocar la cabeza contra la pared 568 veces como mea culpa.

Ehm… 569