La apariencia

He ido hasta el super para estrenar las zapatillas nuevas y el chubasquero. Llovía y la tarde estaba fea, pero necesitaba pienso para los gatos y estaba goloso de dulces. No sé por qué me entra siempre la golosonería de dulces cuando cae la tarde. Debe ser algún asunto de hormonas tiroideas, o de que soy un gocho y cualquier excusa es buena. El caso es que he dejado a Jon y Jokin hablando de bodas en casa y me he ido. Cuando llevaba medio camino, se ha puesto a diluviar. Pero a diluviar. Como todavía no conozco mucho mi chubasquero nuevo, no he sabido fruncirme la capucha, así que el viento me la echaba hacia atrás todo el rato. Cuando he llegado al super, tenía los rizos pegados al cráneo, como un estropajo de nanas, y el flequillo me goteaba sobre la nariz. He cogido todo rápidamente y lo he puesto en la cinta de la caja. Una bolsa de nubes. Un paquete doble de donuts. Un batido de vainilla de litro. Unas palomitas para microondas. Un saco de pienso de gatos de 5 kg. Un saco de tierra para el arenero. El dependiente lo ha ido sumando todo y me ha dedicado una suerte de mirada entre triste y compasiva.

Sé perfectamente lo que ha pensado. “Domingo de televisión, gatos y bollos. Este pobre no folla.”