Todo

Hoy han vuelto a pincharme para otro análisis. El día 28 le tengo que llevar todo al endocrino otra vez para que me pese (ay) y me dé nuevas pautas de engorde Me doy mucho miedo cuando estoy así. En un entreacto de “a partir de este día empiezo a cuidarme.” Sobre todo porque suele suceder que en honor del tiempo que preveo que no podré disfrutar, me desato y termino multiplicando mis adicciones por ocho. Un donut en el desayuno x ocho. Una bolsa de chuches en el trabajo x ocho. Otra bolsa de riskettos por la tarde x ocho. Voy a sacarme otra fanta x ocho. Y así, al final termino llegando al día D tan cargado de azúcar y tan escaso de kilos, que ya soy incapaz de tomarme en serio mis propios propósitos y vuelvo a rodar por los suelos en dos semanas. Dice Jon que me pese. Que cuando vemos las cifras que no nos gustan es cuando nos asustamos realmente. Pero no tengo huevos. Cuando me tumbo en la cama el gato se me acomoda en los huecos de las clavículas, y puedo contarme perfectamente las costillas. Así a ojo calculo que las navidades (y la gripe) me habrán dejado con unos cinco kilos menos. Cinco. ¿Sabes el tiempo que voy a necesitar para ganar esos cinco kilos otra vez con mi mierda de tiroides trabajando al 350%? Pues te lo digo. Calculando a lo corto, unos tres meses. Tres meses sin naranja-risketto para no recorrer ni un tercio del camino.

Pero bueno. Ya sabes. Lo de desanimarse a uno mismo no es precisamente brillante. Así, que… nada. Levanta el puño conmigo y vuelve a decirme que podemos conseguirlo todo.