Farruquito

Se me ha roto el pantalón en el trabajo. Ya van… creo que cuatro o cinco. Y ninguno ceñido (que dicho así parece que fuera yo en plan Mick Jagger) pero sí gastados y usados hasta el infinito y más allá. Tengo dos pantalones. De esos dos no paso. Si se rompe uno, me compro otro igual. Y así. Con eso y los que heredo de mi cuñado pequeño, me voy tapando los huevos a lo largo de mi vida. Odio comprar y no tengo ni puta idea de modas y tendencias. Soy el antigay. Así que así pasa. Que llevo todos los pantalones al límite absoluto. Y esta mañana lo que mientras me vestía era un rotito-gastado sin importancia, cuando me he ido a agachar al dejar el coche, se ha convertido en el meridiano de Greenwich. Todo el muslamen en diagonal, al aire. Y a primerísima hora. Tan primerísima que no había salido ni del parking. Así que nada. A cruzar otra vez el pasillo y la recepción juntando muslos, a lo Chiquito de la Calzada. Me lo he grapado. No doy más de sí. Sé que si investigo por aquí, alguien tendrá hilo y aguja para prestarme, pero esto está lleno de madres y las madres no reaccionan ante estos casos como el resto de las personas. Las madres amparan. Ellas te dicen “trae, que te lo coso” y entonces tienes que pasar los 15 minutos más largos de tu vida en calzoncillos y calcetines, en mitad del baño de caballeros con cara de idiota, mientras das explicaciones a cada compañero que entra a mear y te mira con sorpresa y compasión.

*ACTUALIZACIÓN DE POST*

Entre lo que escribí esta mañana y lo que escribo en estos momentos, me han dejado un pantalón. De los que usan en el estudio fotográfico para hacer las grabaciones de vendedores en la tienda. O sea… de traje. Así que nada. Imagíname en estos momentos. Con una camiseta roja de Ironman, unas zapatillas converse rojas y un pantalón gris de pinzas con cinturoncinchi de esos de abuelo, con hebilla doradita.

Ya está. Ya soy Farruquito.