Indultos

Este mediodía, buscando la cuchilla de la picadora, he encontrado el viejo gato-tetera. Hacía años que no lo veía. Lo tenía encima de uno de los armarios de la despensa, detrás de los paquetes de leche y los cereales. En lo más alto. Recuerdo haberlo empujado y empujado, para quitarlo de mi vista. Un acto cobarde. Lo suyo hubiera sido tirarlo, si no quería volver a verlo pero no fuí capaz. Fue el último regalo de Navidad que me hizo, cuando todavía estaba sano y vivo. Se me hace raro recordar un tiempo en el que estuvo sano y vivo. Ya casi los he ido olvidando. Cuando dejo de hacerlo y me vienen fogonazos de recuerdos, solo siento dolor. El último no fue hace mucho. Alguien hablaba de hospitales y de morfinas, y recordé el momento de entrar en su habitación, ya vacía, y ver el hueco de su cuerpo en el plástico del colchón. Al tocar el gato, he reconocido su tacto enseguida. Y lo he bajado. Tenía una capa de mierda sedimentada por encima, así que lo he metido en la pila y lo he lavado. El gato-tetera ha vuelto a brillar. Sigue tan horroroso como lo recordaba. Parece talmente que esté sodomizando al ratón que lleva entre las zarpas. Se lo he enseñado a Jon. “¿Qué te parece?” y él lo ha mirado un poco estupefacto. “Feo de cojones.” “Me lo regaló Teo.” “Mh…Entonces deberías indultarlo.”

Cosas que se indultan. Como las personas. Me gusta la idea.

El gato feo de cojones está ahora mirando al infinito desde la estantería de mi buhardilla, mientras escribo esto. Disfrutando de su segunda oportunidad.