Amores de cine

No me da mucho de sí la vida en estos momentos. Se me juntan exámenes de semestre con el descubrimiento de LA TABLETA DE LA HOSTIA. Que no es que no la hubiera descubierto antes porque la tuviera escondida ni nada, pero no había terminado de sacarla de la caja por aquello de estudiar un poco más de lo que lo estaba haciendo, hasta que este fin de semana he sucumbido. Pero sucumbido a lo grande. Hasta las 3:30 de la madrugada estuve ayer dibujando monigotes. Y porque se levantó Jon a meterme en la cama de una oreja, que si no, aún seguiría yo enclaustrado en la buhardilla.  Es lo malo del vicio con LA TABLETA DE LA HOSTIA, que a diferencia del FUTBOLÍN DE LA HOSTIA, no hago ningún ruido y puedo estar enganchado en secreto las 24 horas del día. Y no sé… debería hacer otras cosas. Alimentarme, respirar, escribir mi discurso en la boda en un vano intento de ganarme una PS4… Pero es que me hace una ilusión enorme volver a llenar el blog de viñetas idiotas, sin tener que andar tirando de lápices, gomas, rotrings y scanners. No te lo imaginas. De verdad.
Anoche vimos la película de The Danish Girl. A Jon le dejó que ni frío, ni calor. A mí directamente me aburrió. Me pareció lenta, tonta y espesa y el matrimonio protagonista dos cansinos. La vendían como la más fuerte historia de amor del mundo mundial pero como siempre, Hollywood hace trampas. Sobre todo porque la historia real de los Wegener tiene poco de amor sin medida y mucho de “estoy fatal de lo mío y tú de lo tuyo, pero mira que suerte que nos cruzáramos.” No sé qué empeño tiene siempre el celuloide en vendernos todo disfrazado de amor sin fin. Así pasa. Que luego nos encontramos con el amor real y esperamos violines, chimpunes, tatachanes y dramas, en lugar de apreciar la paz y el equilibrio, que es lo que realmente hacen de una relación algo bonito.

Y ya. Ya me pongo a estudiar.