La destroy de los anillos

Me he dejado el móvil en casa. Horror, terror y pavor. Vivo sin vivir en mí. Hasta las 18:00h. calladito. Un sufrimiento para mí y una ventaja para los demás. En fin. Vivan los martes mudos.

Ayer te fallé, ya lo sé. Pero no me quedó otra porque fue la boda de Jokin y Gustavo. De parranda absoluta desde las 12:00h. hasta las 22:00h. Para cuando llegamos a casa, solo nos quedó acostar a los tres cachorros y caer en la cama como piedras. Y yo que aún arrastraba la resaca de la despedida de soltero, pues ea. Llegó la barra libre y me prolongó la agonía un par de días más. Lo pasamos muy bien. El sitio era barroco y de postín. Parecía talmente que estuviéramos celebrando la boda del Archiduque de Austria. Todo bastante cursi y rimbombante. Y nosotros cinco ahí en medio. Chirriando. María, por supuesto, la montó. Entregó los anillos a todos y cada uno de los invitados que encontró por el pasillo hasta los novios. A todos. Sin dejarse ni uno. Iba parándose en cada asiento y diciendo “Toma, láselos tú…” y según le decían riendo que no, pasaba al siguiente “toma, se los las tú ¿valeee?”. Al final ya tuvo que meterse Jon por en medio agachadito para que se le viera lo justo en el vídeo y llevarla en volandas hasta el altar. Y como al llegar por fin allí, vio ella que toda la sala estaba riéndose pensó “es mi momento” y decidió levantarse los tules y enseñar las bragas de dinosaurios que estrenaba ese día. “MILAR QUE MONITAS, SON DE LIBUJOS.” Y allí ya… el despiporre general y vídeo supercuqui de novios a la mierder. Mi suegra ya no sabía dónde meterse. Se pasó el resto del día pidiendo perdones a los novios. “Hijos, cuánto lo siento… Cuánto lo siento, hijos…” La verdad es que no pueden decir que no se lo advertimos. Si nos hubieran hecho caso y hubieran puesto a Simón, hubieran tenido un vídeo de boda sin tacha para enseñar a los nietos. Eso sí… no hubiera sido ni la mitad de divertido.