Los Detalles

Otro examen. Y bastante bueno. Estoy teniendo una suerte que ni yo mismo me la creo. Debo tener a todos los demonios de mi parte. Como he terminado muy rápido y no quería ir de listo, he estado echando un poco un vistazo a mi alrededor mientras hacía tiempo para que entregara más gente. Me he dado cuenta de que no había ni una cara que me resultara familiar. No conozco a nadie de mi propio curso. Cuento con los dedos de una mano los chicos y chicas con los que habré hablado más allá del “qué hay” y el “hasta luego.” Son las consecuencias de los turnos de tardenochenunca. Me convierten en un Oompa Loompa. No lo digo con amargura. Ya sabes que las relaciones sociales no son lo mío. Pero me da cosa pensar que cuando todo el mundo recuerde la universidad con la nostalgia de una época de juventud feliz, yo solo recordaré edificios con luz de fluorescente que me recorría a toda hostia para llegar a tiempo al autobús. Sí. Lo de la luz de fluorescente lo recordaré seguro. Yo siempre recuerdo las cosas idiotas. De hecho, cuando pienso en mi colegio lo primero que me viene a la mente es el color verde clorofila de las paredes y el esmalte marrón caca de las puertas. Antes incluso que los profesores. Fíjate tú. Antes incluso que Manuel Balmedo con su cara de primate orejudo, golpeando dos borradores de pizarra encima de mi cabeza.

No, no te sientas mal por mí. Antes de llegar a secundaria, le tiré uno de aquellos borradores a matar, y le di de lleno. Lo que sucediera después es lo de menos. De verdad te digo que nunca una explosión de tiza me hizo sentir tan feliz.