Muerte sana

Me duelen los huesos de las caderas. Ayer uno y hoy el otro. Y solo estoy “cogiendo base”, porque las 3 primeras semanas (te lo cuento por si te interesa una mierda, que ya supongo que no) antes de empezar el entrenamiento, son solo de caminar 40 minutos al día, terminando con carrera y sprints. Y llevo tres puñeteros días. No sé si te doy penita. Desde luego es mi intención porque penosito, soy. Dice Jon que todo bien. Que es normal. Que los músculos y articulaciones dormidos de mi cuerpo serrano se despiertan. Pobres músculos míos. Si supieran lo que todavía les espera, estoy seguro de que preferirían seguir durmiendo. Y no solo es el machaque, no. El de Gasteiz también ha tomado la batuta de la dieta. Cogió los papeles que me dio el endocrino y él solito me formó los menuses semanales, como un campeón. Aunque creo que en eso he salido ganando porque no veas si mola las cosas que me pone. Ayer cené un trozo de tortilla de patata con cebollita y hay un día que tengo hasta fajitas. Hoy llevaba en el tupper ensalada de arroz integral, con su atuncito y su tomatito y estaba de la muerte súbita de buena. ¿Ves? así sí que sigo las dietas. Eso es lo que necesito, coño. Colores y sabores en los platos. Así SÍ.

Solo me queda un examen. Estoy repugnantemente optimista y vital. Creo que es porque me han subido la tiroxina. Soy el perpetuo asco químico.