Pelos

Ayer me corté el pelo y no me dejaron como un imbécil. Y esto, que es una afirmación que a priori parece insignificante, es lo más inesperado que he vivido en los últimos ventiséis años. Por cúmulo de casualidades. Anoche me dejé el gorrito paria en casa, y al verme el cabezón imposible reflejado en el cristal de un escaparate, me dio el ataque sapristi y me lancé en plancha en la primera peluquería que encontré. Y toma destino. Allí estaba el único peluquero de este universo que no solo me hizo caso a lo que le pedí, sino que además no me quiso vender ninguna crema suavizante maravillosa para una nueva dimensión galáctica de esponjosidad cabecil, ni me peinó como un imbécil. Para celebrar ese cúmulo de casualidades cósmicas, esta mañana me he dejado el peinado puesto y no lo he aniquilado debajo de un grifo abierto (como suele ser habitual). No te imaginas el asombro y estupefacción que he levantado en el trabajo. Uno no sabe lo esquizoides que pueden ser sus pelos, hasta que no llega un día que se los quita. Hasta mi jefe me ha dicho que estaba guapo. Pero no. No va a durarme mucho. Acabo de verme en el espejo mientras me lavaba los dientes y ya empiezo a encontrar que solo me falta la guitarra y el alabaré-alabaré para parecer recién salido de un encuentro de Juventudes cristianas intercontinentales.

Así que te dejo. Me voy a buscar un grifo abierto.