Ariel Rodríguez

Esta mañana he vuelto a llevar a María al médico. Tiene bronquitis vírica. Dentro del putadón que supone, me quedo más tranquilo de tener por lo menos un diagnóstico. Anoche después de acostarla la estuve oyendo toser hasta bien dada la medianoche, así que al final, cuando terminaron los zombies en televisión, me la envolví en la manta y la metí conmigo en mi cama de rodríguez. Se me agarró como un monito sudoroso y colorado, la pobre. No es que con dormir conmigo fuera a hacer que dejara de toser, pero al menos la podía consolar un poco con agua, y vigilar de cerca si tenía fiebre. Por supuesto eso hizo que no durmiéramos ninguno de los dos, así que a estas alturas ando dado cabezazos sobre el teclado del trabajo. Qué le vamos a hacer. Gajes del oficio. Menos mal que Jon tiene a los otros dos entrenados como marines y ya se encargan ellos solos de los trámites mañaneros, que si no puede que a estas alturas aún estuviera yo preparando mochilas y lavando caras. No soy nada bueno dirigiendo a la tribu. Me disperso y llego tarde a todo a lo que tengo que llegar a tiempo. En estos momentos de emergencias es cuando realmente me sale la vicepresidencia por los poros. Ha venido mi suegra conmigo al médico para hablar directamente con la pediatra y allí me ha dicho que ella también sospechaba que era bronquitis, pero que no quería decirme nada por no preocuparme. Tócate los webs. Como su hijo. Para que no me preocupe, dejan que me preocupe más. Me he enfadado y he protestado un rato largo, hasta que se ha metido en una panadería y ha salido con dos palmera de chocolate. Ahí, con el comeycalla, se ha acabado toda mi reivindicación. No solo soy un vicepresidente. Soy un vicepresidente altamente sobornable.

Anoche hablé por skype con Jon. Sonó hasta tres veces sin que fuera él. Dos de Samu, desde París, y una de Jokin desde Zarautz. Los despaché rapidito con el “ahoranopuedo-ahoranopuedo” y me cagué en sus muertos mentalmente. Pobrecillos. Tan majos y tan inoportunos. Al final a la cuarta por fin era él y por supuesto, me pilló haciendo pis. Casi me dejo los dientes en la estantería por sentarme a tiempo. Yo que quería parecerle tranquilo y estable, me senté con más estertores y angustias, que el coyote del correcaminos. Me dijo que acababan de llegar a Mogadiscio. “Mantente lejos de las bombas”. “¿Qué bombas?” “No sé. Las que haya.” “Vale. Lo haré. Tú mantente lejos de los zombies.” “¿Qué zombies?” “No sé. Los que haya.”

Ese es Jon. Siempre se apaña para hacerme reír hasta cuando no tengo ni putas ganas de hacerlo.