El momento

Vino Gus a verme, con su perro salchichón. Estuvimos un rato en mi guarida mirando comics tirados en la alfombra como dos adolescentes pajilleros, y hablando de lo divino y de lo humano. Me dijo que se había puesto a leer mi blog y que se lo había zampado en dos días, como un campeón. Se me pusieron las orejas un poco coloradas. No estoy acostumbrado a que me digan que me leen mirándome a la cara. Es algo que todavía me da susto. Como si se me mezclaran dos planos de realidad que no tuvieran nada que ver entre sí. Para disimular y pasar el trago, le enseñé las viñetas que tengo bocetadas de María. Se rió mucho. También me sorprende ver a alguien riéndose físicamente de mis dibujos. Le pareció muy sorprendente que no las tuviera colgadas en el blog. “Me imagino que no lo haces por reservar tu intimidad, claro.” Yo le puse mi cara de lemur y le dije “claro, sí… eso”, porque en esos momentos me parecía muy tonto decir la verdad; que nunca encuentro el puto momento de ponerme a calcarlas en la tableta. O a dibujarlas directamente, que para eso me regaló Jon K. la mejor tableta gráfica del mundo mundial. Es lo de siempre. La constante de mi vida. No encuentro el momento de ponerme a dibujar esto… no encuentro el momento de terminar de escribir lo otro… no encuentro el momento de contestar el correo… no encuentro el momento de sacar adelante las cosas, de reorganizar mi caos… No encuentro el momento.

Y aquí me falta la sonrisa de Jon diciendo “pero para gastar dos horas en construir una pista casera de skate en la cocina sí que lo encuentras.”

Y yo sacando de nuevo mi cara de lemur y diciendo “uhm… sí, no… no sé.”

Quiéreme así, por favor. Los seres imperfectos llenamos el planeta.