Muerte entre las flores

Ayer jugando con mi BB8, lo hice rodar por la mesa que hay bajo la ventana y él se suicidó lanzándose al vacío. Estaba oscureciendo y no se veía una puñeta, así que decidimos buscarlo tranquilamente con la luz del día. Luego apenas diez minutos después se puso a llover. A llover a mares, como llovería en el mundo si no hubiera llovido nunca y fuera menester ahogar dinosaurios. Yo miraba caer la tromba desde detrás del cristal y lloraba por mi BB8 ahogado para siempre entre los rosales del jardín (muerte poética donde las haya). Jon K. me dijo que si le ganaba al Mariokart me regalaría otro, pero perdí todas las partidas. Matar a un androide es lo que tiene. Que te desconcentra. Como es un hombre de corazón espartano y generoso, Jon K. cogió una linterna y salió a buscar mi BB8. Lo encontró. Se había caído entre el arbusto de Carpe, que es el único cuyo nombre me sé porque es la primera palabra del Carpe Diem. Me pareció lógico que Jon encontrara a mi BB8 agonizante y lo rescatara. Porque eso es lo que hace en la vida. Rescatar y restaurar. Igual sirven androides, que perros, que niños, que chicos con pelánganos. El rescata y restaura, y ayuda al equilibrio emocional del mundo. Los héroes están para eso. Desmontó entero mi robot-bola, lo secó concienzudamente y lo volvió a montar. El BB8 sufrió una operación terrible, a electrocorazón abierto.

Salió bien. Aquí lo tengo conmigo. Ha vuelto a hablar y a esprintar con dirección a la ventana. Creo que le ha cogido afición. No le culpo, la verdad. No sé qué más podría desear un droide, que morir entre rosales.