Casio

Cansado, somnoliento y asténico. Qué mal me sienta la primavera. Soy como una marmota Phil cosida del revés.

Ya me han traído el Casio. Estoy como niño con Casio nuevo. Es superfeo. Feo de pelotas. Pero me encanta. Pierdo la cuenta de las cosas feas de pelotas que me encantan. Las cosas feas me dan paz. No tienes que meterlas en vitrinas, mantenerlas impolutas, guardarlas como oro en paño envueltas en terciopelos, no sufres por su vida. Me gusta mi reloj Casio que puede morirse en una de estas duchas sin que nadie sufra. Y me gusta su luz verde moco que ilumina solo un lateral cuando pulsas uno de sus dos únicos botones. Se lo he enseñado a Pedro esta mañana. Me ha dicho “¿y qué hace?” y le he dicho “da la hora”. Ha puesto cara de estupor. “Creía que era uno de esos i-watch…” “No. Es un modelo de hace 30 años.” “Es un poco feo.” “Mh… sí ¿no?” En este momento ha entrado María. Me ha cogido de la muñeca ” A VEEEEEEERRRRRRRR, UUUUUUUYYY QUÉ MONITO Y QUÉ PESIOSOOOOOO…” Y tras sentenciar, ha salido tan deprisa como ha entrado y nos ha dejado allí, con nuestra magnífica cara de nada. Pedro se ha encogido de hombros. “No te fíes. A María le gusta todo.”

Es verdad. Le gusta todo. Es así de monita y de pesiosa.