La casa que canta

Sigo en Zarautz. Y seguiré hasta el lunes que viene. Eso me hace muy poco productivo porque no guardo momentos para mí, y sobre todo los gasto entre el capitán, los perros y los tres marineros. Estamos tranquilos y absolutamente felices. La casa de Zarautz es como un mininirvana cósmico. Cuando vengo aquí comprendo a esos gurús chiflados que un buen día deciden huir del mundanal ruido. Las casas como estas son para eso. Hasta las paredes te lo dicen. La primera vez que vine, dormimos en la cama que hay en el altillo del primer piso, junto al ventanal redondo de la buhardilla. Había media luna, y se filtraba azul y verde, entre los colores de la vidriera. Fue la sensación más increíble del mundo estar ahí, haciendo el amor y oyendo el mar guerreando contra el acantilado. En mi vida me he vuelto a sentir tan a salvo como en aquel momento. Pasé mil veces la yema de los dedos por las hojas labradas del cabecero, mientras Jon dormía. Desde entonces soy capaz de dibujarlo hasta con los ojos cerrados. Se me quedó en los dedos. Vaya usted a saber por qué.

Mañana volvemos a las clases de montar mares. Ya no me duelen casi las piernas. Los dedos aún sí. De hacer fuerza con ellos para sujetar la tabla. En contra de lo que pueda parecer, debo estar poco acostumbrado a que nadie me quite nada de las manos.