Arriba y abajo

Ayer un primo de Jon nos trajo una cama elástica que se habían quedado a resultas de hacer el desmontaje de un parque infantil (la familia de Jon tiende a los trabajos raros). La “instalamos” en un lugar de la parcela donde vimos que no había árboles para comernos, ni acantilados cercanos para despeñarnos, y Jon, con herramientas y destreza, reparó alrededor la red de seguridad, para que quedara en condiciones de volver a ser usada. Primero la probó María. Y bien. Luego la probó Simón. Y bien también. Después la probó Pedro. Y todo ok. Después la probé yo. Ahí la cosa ya empezó a ponerse gris marengo. Luego la probó Jon. El gris marengo se tornó en pizarra suave. Después la probamos Jon y yo. Luego María, Jon y yo. Luego María, Jon, el perro y yo. Al final… aquello acabó en desastre. En un salto a muerte de Jon desfondamos la colchoneta, con todos viniéndonos abajo en ordenado montoncito humanoperruno. Me meé. Y no lo digo como figura narrativa, no… Me meé completa y llanamente. Tengo el muelle flojo desde mis achaques quimioterapeúticos y no necesito más que un poquito de risa descontrolada para regar el mundo con mi ADN. Y vaya si lo regué. Hasta los calcetines tuve que cambiarme. No tanto por habernos venido abajo como por las dificultades para poder luego venirnos arriba, esto es, volvernos a ponernos de pie. Diez minutos nos costó salir de allí. Sobre todo por el hecho de que no quedaba más que Pedro fuera para tirar de nosotros.

Esta mañana, cuando hemos vuelto de la playa, ha vuelto a arreglar Jon la colchoneta, con más herramientas y más destreza, y la ha vuelto a dejar lista. También ha improvisado un cartel de “prohibido el uso de adultos” bajo amenaza expresa de clavetearme los huevos a la madera del porche. Y no ha valido de nada lo de explicar que en realidad todo fue culpa del perro. Es un “Reservado el derecho de admisión de payasos” en toda la regla.

Están siendo unas vacaciones de riesgos muy variaditos.