La intransigencia

Mi compañero gallego y yo no hacemos buena química. Es un chico extraño. Montañés, en el más puro sentido de la palabra. Oscuro, taimado, tímido-agresivo y un poquito sociópata. Y aunque entre sociópatas deberíamos entendernos y ayudarnos, su victimismo, su manía persecutoria y su afán por ser el muerto de todos los entierros, me repele. No creo que este mundo esté hecho para tirarnos en un rincón a llorar y a quejarnos de lo malos que son todos. O dicho de otra forma, no creo que esta vida sea tan larga como para perderla con memeces. Esto hace que con cada tontería del gallego, yo tenga ganas de calzarle una collejón, sin pararme a pensar de dónde pueden venir todas estas taras emocionales que arrastra (y ya ves tú que psicólogo de mierda voy a ser como siga así).

Ayer trajo a la oficina un esqueje de una plantita metida entre algodones húmedos en un minivasito. Se pasó toda la jornada pendiente de su plantita. La humedecía los algodones y buscaba la luz con el amor y la dedicación de un niño de colegio con su experimento de ciencias. Me enterneció. No sé decirte por qué. Me pareció que alguien con tanto afán en mantener algo con vida no podía ser totalmente un capullo. Hoy le he traído una maceta pequeña y un poco de tierra para su mierdiplanta. Me ha mirado con ojos de absoluto estupor. Como si jamás lo hubiera esperado por mi parte. Sin cruzar ni una palabra nos hemos puesto a trasplantarla y la hemos dejado lista para la primavera. Cuando hemos vuelto a sentarnos ha susurrado un “gracias” que ha debido costarle un esfuerzo del tamaño de Portugalete. Luego ha arrastrado la mierdiplanta tímidamente hasta mi mesa. “La compartimos, si quieres.”

En ese momento me ha dado por pensar si toda la tontería del gallego no estaría realmente aderezada por un porcentaje de mi propia tontería.