Tuercas y tornillos

Me han dado el trabajo de la entrevista de ayer. Me porté como un gilipollas y el hombre del jersey ramplón y la mirada de Bobtail me dio el trabajo. Parece cachondeo. El destino en sí es cachondeo. Dioses y demonios son unos cachondos, eso decía mi padre. Qué razón tenía. El trabajo consiste en dar clase a niños pequeños. No me apetece tener que levantarme los sábados a las 7h. Ya estuve haciendo una suplencia durante tres semanas y terminé con unos lunes muy poco amables. Tampoco me apetece organizarme horarios, ni grupos, ni funciones, ni juegos, ni padres. Son cosas que en otra ocasión vital me hubieran encantado y lo hubiera hecho gustoso, pero ahora mismo lo pienso y tengo ganas de meterme debajo del edredón y no salir hasta dentro de ocho primaveras. Cuando los niños de esa clase hayan crecido y no me necesiten para bailar.

Es un poco horrible lo que estoy diciendo ¿no? Uno debería estar contento de poder participar en el engranaje de algo en funcionamiento. Uno normal. Yo no mucho. Nunca he tenido alma de tuerca. A la que puedo me suelto y ruedo por mi cuenta hacia ninguna parte. Supongo que por eso me costó tantísimo encontrar un tornillo que me sujetara.