El gatovaca escapista

Llevo una semana intentando sin éxito congraciar al gatovaca (léase Peyote) con el transportín, para poder llevarlo al veterinario y que le vuelva a pinchar antibiótico y revisarle la otitis. Otra vez, y van tres. Sufro por él. Todos sabemos lo que supone pasar un dolor de oídos a pelo. Pero meterle en la gatera es como luchar contra un ejército tebano a golpe de chancleta. Te tiras cuatro horas y mueres en el intento. Si fuera un gato medianito y normal, tipo Hocus, sería fácil meterle por mis cojones y ya, pero Peyote pesa casi ocho kilos. OCHO. Y no solo porque sea gordo. Es que es gigante y musculoso. Ahí trinca las patas traseras contra la puerta haciendo presión, y ya pueden empujarle doce a la vez, que dice que no entra, y no entra. Todos los intentos terminan igual. Él saltando por encima de todo y escondiéndose allende el universo y yo por los suelos con la gatera de sombrero y la reja de pendiente. Y venga la burra al trigo. Bucle infinito de “temetes-nomemeto” hasta que ya me cierran el veterinario y sumamos otro día con otitis.

Ayer logré meterle. Compré una gatera para gatos elefantes y logré darle un empujón en un descuido y cerrar la puerta, en una casualidad. Lo que yo llamo estar en el mejor sitio en la mejor ocasión. Y con esas cogí el coche y me fui para el veterinario con el gato chillando en el asiento trasero como si lo estuvieran desollando. Quince minutos duró mi triunfo. Exactamente el que tardé en llegar a Vallehermoso y descubrir que había 20.000 furgones de los UIP cortando calles y accesos por el desalojo de un centro okupa. Adiós veterinario, adiós antibiótico, adiós gatovaca y adiós todo. Y otra vez de vuelta a la casilla de salida.

Lo que yo llamo estar en el peor sitio en la peor ocasión.