Black Week

Semana mala, semana negra, semana chunga. Me espera mucho trabajo + preparación de exámenes. Semana jodida para ir de oca en oca y tiro porque me toca y muy favorable para caer de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente. El entrenamiento funciona. Odio decirlo, pero funciona. Superados los dolores infernales de los primeros días, me siento raro y bien. Como más ligero y elástico. Y sin dolores de cuello y espinazo. Apunta eso. No me ha vuelto a doler. Magia de hombre blanco. El sábado hicimos una marcha montañera. Los primeros 2 km., que encima eran cuesta arriba, creí que me moría. Los veía a todos trotar p’arriba alegremente y yo pensaba “¿pero qué demonios me pasa entonces a mí en las piernas?” Jon me dijo: “En el ejercicio existe un punto de confort. En cuanto llegas a él, desaparece el sufrimiento y el dolor, y ya puedes seguir lo que quede sin problema.” Me lo creí, claro. Tengo fe tuerta en el espartano (porque decir ciega, sería pasarse). Y me arrastré (literalmente) por la puñetera senda cuesta arriba hasta encontrar mi punto de confort.

Y resultó que estaba arriba del todo, el muy hijo de mil perras.

Esta semana tenemos visita-revisión de la custodia de María. No estamos excesivamente nerviosos. Ella es desbordantemente feliz. Solo hay que observarla diez minutos (si consigues que se esté quieta tanto tiempo). En realidad, todo nuestro esfuerzo estos tres días se va a centrar básicamente en que no diga picha, ni enseñe las bragas.

Ah, no creas… solo eso ya va a ser un esfuerzo, sí.