Sí-sí

Voy sorteando la semana, con las ocho horas laborales sin levantar la cabeza del mac, más que para tomar aire y pegar un trago al café, y con las tardes torturando mente (preparación de exámenes) y cuerpo (entrenamiento Leónidas). Intento dedicar las noches a hacer las cosas que me gustan, pero no es que me den mucho de sí, precisamente. Ayer a las 20:30h. estábamos tocando el “Sí-sí” de Los Ronaldos. Yo con la guitarra y Jon con el bajo. Él de puta madre y yo de puta pena, pero no importa. Nos venimos arriba igual, salga lo que salga y terminamos casi siempre en el suelo, como las estrellas del rock (como las estrellas del rock puestas de farlopa). Luego, una vez que Jon me quitó la guitarra de las manos y la puso a salvo antes de que me entusiasmara demasiado y aquello terminara en babumba-crash-ploing, me eché un poco. Para leer un rato el libro de mi club de lectura (servidor es así. Alterna clubs de lectura con punteos de guitarra). Resultado: coma absoluto a las 22:00h., con el kindle encima del ombligo. Penoso ¿no? Ni recuerdo cómo llegué a levantarme, abrir la cama, quitarme la ropa y acostarme. Supongo que me debió manejar Jon como si fuera su Pinocho. El caso es que recuerdo entre neblinas oír la voz de Pedro diciendo con un toque de orgullo “Hoy se va a la cama antes que yo…”

Creo que es la mierda maravillosa del entrenamiento espartano. Me mete de cabeza en un sueño dulce y reparador del que no me despierta ni Zeus que bajara a sembrarme el culo de rayos. Ayer estuvimos haciendo piernas. Creo que subí y bajé del escalón unas 498 veces en 534 versiones diferentes de levanta, baja, dobla y estira. Cada día, un festival.

Por fin llevó Jon al gatovaca al veterinario. Logró meterle en la gatera en un descuido (descuido del gato. A nosotros ya solo nos faltaba instalar videocámaras en la gatera para pillarle cerca) y se lo llevó. Resulta que ni otitis, ni infección, ni pollas en vinagre (con perdón). Cerumen y algún ácaro. O sea… mierda del jardín. Tanto sufrir por el gato pensando que se moría de dolor y lo único que pasaba es que le picaba la roña. Por lo demás, ha engordado 200 grs. y añadido vaquez a su fisonomía. Le preguntó Jon al veterinario si deberíamos ponerle a dieta y le dijo que el gato estaba “fuerte y sano” y que su “genética” era de ser grande y robusto.

Grande, robusto, y con la valentía de una anchoa tuerta. Lo que son las bromas de la vida ¿no?