Macromaría

La evaluación de María fue sobre ruedas. Ella pasó de todos, como viene a ser normal. Corrió, saltó, montó en triciclo, levantó torres de lego para luego tirarlas abajo en plan covabunga, disfrazó a Pepe Penas de “señora rica “… Lo que viene a ser normal en ella cada día, cuando se le quita el abrigo y la mochila de la guardería. Vinieron dos asistentes esta vez, y todo bien. Tuvieron que perseguirla por toda la casa para sacarle cuatro respuestas y las cuatro que dio fueron un absoluto surrealismo. Pero se la vio feliz, sana, valiente y adaptada a su universo (en realidad suele ser al universo al que le cuesta adaptarse a ella). Hemos empezado el proceso de adopción. Pero te digo una cosa… no siento vértigo, ni incertidumbre, como las otras veces. Cuando la cogió Jon de la cuna aquella primera vez y se la puso contra el pecho, ya supe que se la iban a quitar pasando por encima de su cadáver, pasase lo que pasase. Ahí hubo vínculo extraño de esos indestructibles. Por ambas partes, porque igual que Jon puso su cara de determinación, ella también dejó de llorar de golpe y se agarró con los dos puños apretados a su camiseta. Casi pude vislumbrarla con 14 años, yendo al instituto con un piercing en la nariz y una funda de guitarra a la espalda, diciéndole “me voy, papá.”

Que por cierto… ayer me enteré de que Jon la ha apuntado a clases de Kung Fu. Kung Fu. María haciendo Kung Fu.

Hay veces que nos levantamos con ganas de morir. Está claro.