Hoy

Bueno, hoy mejor. Por de pronto, he dormido. Soñando que montaba en un burro nazi, pero dormido. Ayer te juro que tuve uno de los peores días que recuerdo. Ya en las primeras horas, al ir camino al trabajo, me notaba yo tenso, nervioso y con “estado alterado de conciencia” (me dijo la frase Jon y me encantó la chuminada). Supongo que cuando uno se levanta con “estado alterado de conciencia” acaba alterando el estado de conciencia de todo lo que haya a su alrededor, ya sea persona, animal o cosa. Y eso justamente es lo que me pasó. Que todo me fue a la contra y fui enfadando y alterando el universo según lo iba pisando. Cuando llegué a la cena, le dije a Jon que había tenido un día de mierda y que pasaba de entrenamientos y cenas de verdurita, y me zampé una bolsa entera de nachos bien mojaditos en guacamole y salsa de queso, con casi medio litro de cerveza, y un helado de chocolate. Jon me dejó hacer como las madres que te miran aprender a montar en bicicleta. Esperando con calma a que me diera yo solito la hostia. Y me la di. Vaya que me la di. A las once y poco el estómago me empezó a hacer rumble-rumble, y a la una y poco, estaba yo levantándome a vomitar toda mi cena revolucionaria. Claramente, las tres semanas de cenas frugales y sanas me han dejado hecho un mariquita de la fast-food. Ya ni unos nachos con grasa, aguanto. Con lo que yo he sido. Aunque por otro lado era el broche de perfecto para un día de mierda completo. Y puestos a alterar el “estado de conciencia” de las cosas, no veo por qué iban a quedarse mis tripas fuera, claro.

Sí. Ya. Como frase final me ha quedado rarita. Lo sé. Pero tú me entiendes.

Bueno, y hoy… hoy no soy el de ayer. Estoy tranquilo, fresquito, vestido de azul y bien desayunado. Y he venido silbando y escuchando a Mozart a todo trapo. Hasta he hecho reír al gallego. Ya ves. Hoy me encuentro. Es lo bueno de los días de mierda. Que siempre se alternan con los de sol.