Calor

Viernes, 6 de mayo, día del señor y yo ya estoy achicharrado y sudando hasta por las corvas. Inútil intentar convencer a mis compañeros/as de trabajo que lluvioso no tiene por qué ser necesariamente igual a frío. Inútil apagar las 893 calefacciones que ellos enciencen con fruición en cuanto ven una puta nubecilla tapando el sol en un día de 20ªC. Que vale. Que sí. Que yo siempre tengo calor. Nací con calor. De una forma tan ilógica como yo, porque tengo las chichas de una sardina, pero aún así… si quieres matarme, solo ponme un jersey y méteme en un sitio cerrado (hola, hipertiroidismo). Y ya sé… ya sé que me recordarás que nací en una isla. Pues sí. Nací en una isla. PERO EN LA MONTAÑA DE LA ISLA. Ahí. Arribita del todo. Con los piedros y el fresquito y bien lejos de los veraneantes playeros que sudaban cual cochinillos abajo. Supongo que por eso mismo cuando llega el verano, yo solo puedo ser feliz paseando en Meyba por Valcotos. Imagina lo que sufro en esta maldita oficina. Estoy sentado justo en el centro de una sala inmensa, con calefacciones en el flanco derecho y calefacciones en el flanco izquierdo. Así que mi lucha diaria es abre ventana-apaga calefacción, paralela a la de mis compañeros, que es justamente la contraria. Y nadie me acompaña en esta lucha. Nadie. Porque se dice, se rumorea, se comenta que lo de la calefacción y el aire acondicionado suele ser una lucha de hombres contra mujeres, pero no. Mi oficina rompe la regla. Aquí los tiarrones más machos al oeste del Pecos viven en perpetuo “tengofrío-teimportasicierro”. Da igual que lleven camisa y corbata y yo camisetinchi. Vivo permanentemente en otro plano térmico. Obviamente, en uno que no existe.

Odio este tiempo de entremés de frío por la mañana y calor por la tarde. Odio esta mezcla de abrigo y chancleta. Odio mi tiroides, mi hipotálamo y a la madre que parió a los dos.

Y sobre todo, odio todo lo que no sea noviembre.