22 de mayo de 2004

Tal día como ese, fue el cumpleaños de mi padre.

Hace exactamente doce años, hice un dibujo de los dos y lo llevé a serigrafiar en una camiseta. Iba a ser el único regalo que yo le hiciera en mi vida. En nuestra vida juntos. Por aquel entonces, yo solía dibujar siempre monigotes sin nariz y con un solo ojo. No sé por qué, supongo que alguna explicación psicológica de mierda tendría, pero nunca la he querido profundizar. El caso es que lo hacía y a mi padre le gustaba. Siempre decía que estaban muy bien. Que eran personales. Que tenía un don. Cuando mi padre era persona, parecía siempre sentirse orgulloso de mí. Y lo más penoso del tema, es que también lograba que yo me lo creyera. Así que aquel previo 21 de mayo nos dibujé a los dos. Había sacado un poco de dinero gracias a unos cd’s robados que le revendí a Sandro, así que compré un rotulador negro, nos dibujé juntos, y llevé el dibujo a una imprenta que había por la Gran Vía, para que lo serigrafiaran en una camiseta. Quedó fantástico. Mucho mejor de lo que yo esperaba. Mi padre siempre llevaba un pendiente de aro en la oreja derecha, así que para perfeccionarlo, antes de llegar a casa compré un arete de plata en un puesto de la calle Fuencarral y se lo prendí en la camiseta. Justo en la oreja del monigote que le representaba. Luego doblé cuidadosamente la camiseta y la envolví con cuidado en papel naranja. Sí. Recuerdo que era naranja. Siempre recuerdo los detalles más idiotas. No me preguntes por qué. Aquella noche mi padre no apareció. Ni tampoco al día siguiente, fecha de su cumpleaños. Y por supuesto, tampoco el de después. Que mi padre desapareciera siempre suponía que su etapa de ser persona se había acabado. Que aparecería más tarde o más temprano, colgado perdido, con algún amigo nuevo de ojos brillantes, mascullando gilipolleces, y que se pasaría los tres días siguientes sudando el colchón, vomitándose los pies, llamándome hijo de puta bastardo, y confundiéndome con mi hermano.

Aquel 22 de mayo me puse furioso. Mucho. Siempre me enfurecía que él desapareciera. Cuando lo pienso ahora no entiendo por qué. Era más que obvio que yo no formaba parte de su vida, pero supongo que los catorce años no me dejaban entender que no le preocupara si me había dejado dinero o comida en la nevera. Y toda esa bruma de odio irracional aún me ponía el corazón negro. Aún.

Cogí la camiseta que había hecho para él, y aún envuelta en aquel papel naranja, la metí en la bañera y la quemé. Recuerdo el pifostio que monté. Nuestro baño no tenía ventana y sobre el piso de la bañera había unas viejas flores de goma adhesivas, así que aquella hoguera montó una humareda interesante y los restos de flores se adhirieron a la bañera para siempre en una extraña mezcolanza de óxido y plástico, que ya no se quitó jamás. Cuando al día siguiente dejé correr el agua, encontré el aro de plata que había prendido a la oreja de su dibujo.No sé por qué sobrevivió, pero ahí estaba. Tan negro como yo. Lo guardé. Pensé que sería un buen símbolo para recordar que a mi padre no había que quererle, ni creerle. Que el ennegrecido de aquel arete de plata, me recordaría siempre el ennegrecido de todo lo que yo llevaba dentro. De todo ese odio que siempre se me olvidaba, cuando él se volvía persona. No me culpes del absurdo. Estaba en esa edad en la que parecía que todo lo que me rodeaba podía llegar a tener un trasfondo poético. Esa edad idiota en la que aún crees que eres algo trascendente en mitad de un universo.

No hace mucho, en una de las limpias de trastos que hice después de pintar la buhardilla, abrí una vieja lata de galletas y encontré aquel aro negro, debajo de un montón de fotos. Estuve un buen rato dándole vueltas en la palma de la mano y recordando. Recordando sensaciones. Olores, miradas… sabores de aquel apartamento de la Plaza de los Mostenses. Recordando a Nicolás y recordando también todo en lo que me convertí en aquellos pequeños años idiotas de mi vida. Después abrí la ventana y lancé el arete bien lejos, por encima de la valla del jardín. Lo vi desaparecer pequeño en el verdinaranja del atardecer de El Pardo. Después cerré la ventana y bajé a cenar con Jon. Y olvidé.

Ya ves como son de pequeñas las grandes cosas de la vida. Al final se me quitó el negro del corazón. Todo. Incluso aquel que parecía que jamás llegaría a quitarse.

Supongo que es la paz que conlleva el dejar de considerarte algo trascendente en mitad de un universo.