La endorfina salvadora

Hola martes. Más tranquilo de todo. Ayer por la tarde vino pronto Jon y al verme los ojos de altramuz, me llevó del pescuezo a entrenar. A la Casa Campo. Que en principio me pareció un poco bobo, viviendo en mitad del puto monte de El Pardo, pero que luego asumí perfectamente con una justificación de siete palabras: “En la Casa de Campo hay terracitas.” Y allá que nos fuimos en la moto nueva. A correr, a saltar, a brincar y a levantar los tercios de mahou. Terminé sudando como un pollo y absolutamente despejado y tranquilo. Todas las nubes se me fueron. Y qué frío pasé, coño. Se me quedaron los huevos como dos aceitunas en el viajecito de vuelta. Y el Jon zumba que te dale “no te vistes para la moto. Es importante vestirse para la moto.” Claro. Como él tiene 456.895 prendas deportivas, pues bien. Pero yo, que tengo pantaloncinchi largo, pantaloncinchi corto y ya, no sé exactamente qué quería que hiciera. Quizá que hubiera ido a correr en mono acorazado, como si fuera un Power Ranger.

Voy a repetir lo mismo hoy, en la medida que pueda, porque tengo que dibujar. Y cuando no tengo que dibujar, tengo que estudiar. Y cuando no, que escribir. Y cuando no, que preparar la clase del sábado. Y cuando no, que recoger los cocos del cocotero. Mi vida es una constante de cosas que tengo que hacer y no hago. Así llevo veintiséis años. Creo que los pelos desorbitados me vienen de eso. De crecer desde un cerebro angustiado.

No, sí… lo de los cocos es broma. No hemos llevado nuestro amor por la jardinería hasta ese punto. Aún.

Bueno, pues… Siguiente paso en la crisis laboral de Ariel Nepomuk: solicitar audiencia con el gerente para exponer mi caso y prepararme para mi muerte. O la de mi jefe. Que igual hasta me sorprendo. Porque no tengo miedo y estoy muy harto. Y esa siempre ha sido una combinación interesante para la guerra.