Vergüenza torera

Sí, ya sé. No tengo vergüenza torera. Seis días desaparecido en combate. Y ha pasado una función, un cumpleaños, un atentado, un felizorgullogay… y yo por ahí dejándote esto como una tumba. La verdad es que esta semana ya contaba yo con que sería un pelín caótica para mí. Jon no coge vacaciones hasta hoy a las ocho de la tarde, y nos vamos mañana por la mañana. Eso suponía que me quedaba a mí toda la diversión de ultimar detalles prevacacionales con los tres niños a cuestas. Y lo de “prevacacionales” implicaba muchas cosas. Desde irme con María a comprar bragas, pasando por limpiar y revisar el coche, sorteando dejar las despensas de pienso gatuno llenas, y terminando por lavar y planchar aproximadamente 85 toneladas de ropa. Y además los dibujos del periódico. Tenía que dejarlos hechos antes de irme. Era importante porque todo el dinero que saco por ellos, voy a hacer que se ingrese directamente a “los chicos de los gatos.” O sea, los cuatro chiflados de mi entorno que nos dedicamos a cuidar de las colonias cercanas. Que no es mucho dinero, pero oye… les viene de perlas y para un par de castraciones da. Así que dejarlos hechos era una de mis prioridades. Y claro… si dedico dos horas a hacer una cosa, ya son dos horas que no dedico a hacer la otra. Además, te lo confieso: escribir con María alrededor tomando las curvas a dos ruedas con el triciclo me llega a desconcentrar un poquirritín. Sobre todo cuando le da por cambiar de ruta y pasarme por encima de los pies. O lo que es peor… por los huevos si me pilla tumbado en el futón de la buhardilla.

Bueno, pues ya está. Mañana por la mañana tempranito nos vamos. Alegría, alegría y pan de Madagascar. Me llevo ordenador y tengo adsl, así que… aunque sea a tragos cortos, procuraré asomar por aquí todos los días. Aunque solo sea por contar que tengo el culo en remojo. Sobre todo necesito DORMIR. O lo que es lo mismo, necesito a Jon por las mañanas. Jon es mi diferencia entre poder vaguear como un gato en el colchón hasta pasadas las once, o estar a las siete de la madrugada como un búho con una niña encima preguntándome cosas imposibles y diciéndome que si le hago “gaspacho.” Jon los controla por las mañanas y yo los controlo por las noches. Ese es nuestro acuerdo tácito de los días libres. Hemos tenido que cambiarlo con el retraso de sus vacaciones y estoy como vaca sin cencerro. En serio. Cuando llega la noche, no me encuentro ni los pies. Soy como una abuela. Me cambias la rutina y ya no me hallo.

También estoy triste por dejar a los gatos. Y estarán perfectamente porque son tres, porque se hacen compañía, porque pasan de mi culo, porque tendrán a quien les ponga agua fresca y pienso y etc., pero me temo que todo eso da igual, porque yo seguiré estando triste por dejar a los gatos. Incluso aunque viniera el Dios Purina a darles perlas de salmón ahumado en cuencos de oro, yo SEGUIRÍA estando triste por dejar a los gatos. Es una constante vital en mí. 30 de Junio = Ariel triste por los gatos. Soy así. No hay vodka que lo remedie.