Tiritas pa este corazón partío

Ayer estuvimos cosiendo las etiquetas con el nombre de María en sus babys y en su mochila, para el colegio que empieza en septiembre. Mi suegra se había ofrecido amablemente, pero nos dio el ataquito antimachismo y dijimos que no. Que para qué. Que nosotros teníamos manos, aguja e hilo. Y en qué hora no aprovechamos la máquina de coser de mi suegra, porque una vez que nos pusimos a dar puntadas aquí y allá, nos dio otro ataquito, este del tipo “vamos a etiquetarle hasta las bragas porsiaca” y aquello fue un coñazo. Una vez terminamos miramos todo lo que habíamos cosido y se hizo evidente que nos habíamos venido arriba. Y es que le hemos puesto el nombre hasta a los calcetines. Vamos… que con que se le caiga un moco, ya van a saber que es suyo. Ahora es cuando deberíamos llamar a alguien que tenga relación con el colegio (o con los padres entusiastas) y consultar a qué le quitamos etiquetas y a qué no porque llevarla a la pobre como si fuera un letrero de oftalmólogo ahora mismo nos parece un poquito excesivo. Creo que el exceso de celo nos viene por la angustia. Porque la tenemos. Hasta el espartano, rey de la frialdad gasteitzarra y el pragmatismo norteño, pone un rictus raro en la ceja cuando sale el tema colegio. Normal. Tenías que verla. Tan flaquita. Tan chiquitita. Tan tiernita. Tan destructora. Tal letal.

No quiero ni pensar en que cuando llegue el momento nos suelte una lagrimita en la puerta o nos tienda los minibracitos. Igual entramos los dos como zapadores en la clase y nos la llevamos en volandas al grito de QUIETOTODOELMUNDO-QUESTOYMUYLOCOHOSTIAS.

No, sí. Es coña. María no nos ha tendido los minibracitos desde aquella primera vez en la casa cuna, para nada que no sea lanzar algo por el hueco de la escalera y disfrutar viendo cómo se despeña. Y esa es la realidad que deberíamos ir aceptando. Que aquí el único zapador que hay es ella. Y me temo que es una corona que no va a haber bicho viviente que se la arrebate en muuuuuuucho, muuuuuuucho tiempo.