Veraneces

Acabo de bajar del despacho del Director General. Mi último peldaño subido para conseguir la puta subida de categoría profesional. Todo han sido mieles, buenas palabras y porsupuestos. La sensación de que llevan seis meses jugando conmigo ha terminado de asentarse en mi maltrecho ego. Claramente, estaban esperando a que terminara de ladrar, para hacerme caso. Me dice Jon que no lo piense. Que lo he conseguido y basta. Veremos si es verdad que lo he conseguido. Hasta que no lo vea líquido en mi nómina, no lo consideraré terminado.

Ya he recogido mis análisis de sangre. Otra vez un festival de luz y color en mi vida, solo que esta vez además tengo las plaquetas por encima de lo normal y las TSH bailando una conga. Le he preguntado a mi suegra qué suponía eso de las plaquetas con el viejo truco del “es para un amigo” y me ha dicho que un exceso de plaquetas permanente puede conllevar trombos e ictus. Qué chupi. Justo lo que necesitaba. Un ictus hipertiroideo diabéticolesterólico. Suena fenomenal, fenomenal.

Voy a pedir hora al endocrino para llevarle mis maravillosos y enmarcables análisis. Supongo que habrá lluvia de collejas, así que con un poco de suerte se ha ido ya de vacaciones y hasta septiembre no vuelve. Tengo que ordenarme las comidas sí o sí. Lo sé. LO SÉ. Pero es que de verdad que con 38ºC de temperatura ambiente yo no puedo ni vivir, ni pensar, ni planear nada como las personas normales. No puedo. Imposible. No. Para mí el verano consiste en vegetar hasta que venga el otoño y punto. De hecho, la única razón por la que ahora estoy escribiendo esto es por el aire acondicionado del trabajo, que si no… ni eso.

Me han escrito del Ayuntamiento para decirme que además de la plaza para yogalates, me han dado otra para GAP. No sé ni qué coño es el GAP, ni por qué demonios me apunto a todas las ferias sin mirar antes en qué consisten exactamente.