37º y un montón de huesos

Me ha regalado Jon unas zapatillas nuevas porque en estas vacaciones se me destrozaron unas de mis favoritas. No me lo esperaba. Me ha hecho mucha ilusión, porque no es que yo hubiera hecho ningún mérito para merecerlo ni nada. Al contrario. Incluso volví a mi bromita esa de meterle papelitos dentro del sandwich del almuerzo con mensajes tipo “hola Jon Karlos, acuérdate de mirar dónde masticas.” Que sí. Que la primera vez te ríes y piensas “qué jodío”, pero cuando ya te has comido ocho a lo largo del invierno, ya te empieza a apetecer cogerme de la cabeza y aplastármela contra la lechuga y la mahonesa, pa qué nos vamos a engañar… Pues nada. Jon K. es inmune al nepomukodio y encima el pobre hasta me regala zapatillas. Las he estrenado hoy, aprovechando que ayer el jefe volvió a puntualizarme que no estaba bien visto usarlas para ir a la oficina. Es nuestra eterna comunicación. Él me toca los huevos a mí… yo se los toco a él. Yo le toco los huevos a él… él me los toca a mí. Y así hasta que él se jubile, a mí me echen, o uno de los dos se muera. El destino viene a ser así.

Esta noche hemos vuelto al calor insoportable. Ha hecho tanto, tanto calor, que hasta he soñado que hacía calor. Bueno, eso y que hacía surf sobre olas de barro arenoso. Cuando me he levantado, sobre el colchón estaba mi silueta dibujada con sudor, como la marca policial de un crimen. Odio, ODIO el puto verano. ODIO el puto calor. Me inhabilita. Me anula. Me esfuma. Cuando salgo de este perímetro y este aire acondicionado… ya no hay Nepomuk hasta que no vuelvo a entrar. Ni dibujar, ni escribir, ni pensar, ni decidir… Nada. Si el termómetro sube más de 35ºC, lo bueno que haya en mí desaparece. Hago la del gato. Tumbarme panza arriba y esperar la muerte. O el otoño. Maravilloso otoño.

Mañana más calor. Y más noche puta. Y Jon tiene guardia el fin de semana. Mardita estampa…