Soldado abatido

Se nos ha caído María de boca desde lo alto de la cama, mientras estaba con la canguro, y se ha partido el frenillo del labio. La chica lloraba como una magdalena cuando ha llamado esta mañana a Jon para contárselo. Casi hemos tenido que calmarla más a ella que a María. Supongo que pensaba que íbamos a echarle la bronca del siglo o algo así. Nada más lejos. Conocemos a nuestro velociraptor. Ya puedes estar pendiente de ella las 24 putas horas del día que siempre, SIEMPRE, encuentra la décima de segundo perfecta para tirarse por las escaleras agarrada a 42 peluches, y montada en mi monopatín. María es la quintaesencia del niño trasto por excelencia. Si hay algo especialmente chungo que pueda ocurrírsele para descalabrarse, ten por seguro que se le ocurrirá. Y ten aún más por seguro, que lo hará. Más tarde o más temprano. Pero lo hará. Esta vez solo estaba saltando sobre la cama. Supongo que por reminiscencias de aquella cama elástica que dejamos montada en Zarautz. Mientras estábamos en urgencias, Jon me ha dicho “creo que voy a comprar una y a montársela en el jardín, para que practique con red y sin matarse.” E inmediatamente, ha añadido “PERO SOLO PARA QUE LA USEN LOS NIÑOS.”

Eso es lo más maravilloso de Jon. Es capaz de distinguir el brillo de ansiedad de mis ojos incluso cuando no me está ni mirando.