Quince metros

Ya estoy en Alicante. Todo bien. Mucha gente, mucho ruido, mucho calor… Pero Jon K. me ha traído a un hotel pequeño y tranquilo, y me llevará esta tarde a zonas rocosas y apartadas para la primera inmersión así que no hay nada de lo que me pueda quejar. Como siempre desde que le conozco. Ahora estaremos aquí un par de días, terminaremos nuestro curso y luego el jueves nos iremos a Barcelona donde me operarán otra vez y me quitarán otra lonchita del cerebro.

Ya. No te lo había dicho. Bueno. A veces no pongo cosas para no leerlas. O para no pensarlas. O para quémasda, es así y punto. No pasa nada. No será grave. Solo me molesta más todo el rollo posterior que la operación en sí. Yo soy mala yerba. Aniquilarme es complicado. Uno empieza su vida difícil y luego se acostumbra a lo de escarbar hacia la luz hasta con los dientes. Viene a ser lo bueno de todo lo malo.

Me he dejado el neopreno en Madrid. Yo soy ese que va a hacer un cursillo de buceo y se deja el neopreno. Forma parte de mi estructura cerebral, así que lo de la lonchita de cerebro no creas que va a notarse mucho a mi alrededor, la verdad. Jon K. me ha comprado uno nuevo en el club (y qué cursi suena eso, coño) bastante mejor que el otro que tenía. Y lo ha pagado él a pesar de hacer el paripé de coger mi tarjeta para que pareciera que sí que lo pagaba yo, y conseguir así que me callara. Normalmente son cosas que protesto, pero últimamente estoy de luna llena así que cuando me he dado cuenta, solo me he apoyado un rato encima de su hombro en el coche, como si la vida me cansara.

No. No me cansa. La vida es algo maravilloso. Lo dicen los de la Coca-cola, así que tiene que ser cierto.

Jon K. me ha dicho que lo de comprar un neopreno mejor era necesario para Maldivas porque allí eran más frecuentes los ataques de tiburones. Le he mirado un buen rato con cara de lemur para ver si lo estaba diciendo en broma o en serio, pero las expresiones de Jon son de castrense absoluto. La misma cara para asesinarte a machetadas, que para comerte a besos. Para explotar mi autoburbuja de tensión, le he dicho “eres muy gracioso” y ahí ha soltado un chorrito de risa y ya me he podido relajar y pensar en islas azules y arenas blancas sin trocitos sanguinolientos de Ariel Nepomuk flotando sobre el océano.

Hace un rato, mientras comíamos en la terraza, he hecho un skype con los tres enanos por teléfono. Pedro me ha dicho “no me gusta cuando no estás” y Jon ha flipado bastante. Eso para Pedro es casi un beso de tornillo. Yo no he flipado tanto. No tengo todas conmigo de que no me eche de menos porque no tenga a nadie a quien recordar que le toca limpiar los baños.