Veinte metros

Sigo en Alicante pero ya no hace solazo y calor, sino seminublado fresquito. Creo que a fuerza de quejarme tanto los dioses de Octubre me han mandado un adelanto. Lo que ocurre es que ahora me quejo de frío. Y ya sé que es como para darme con la mano abierta, pero es que estar mojado-empapado con 20 graditos a las 10 de la mañana te deja los huevecillos como dos altramuces y me cuesta lo de comportarme como un un Gi-Joe, al estilo Jon. Con un poco de suerte esta tarde que hago la última ya he terminado de aclimatarme a lo de ser una chirla y ya por fin cierro el pico.

La semana que viene empieza el colegio María y estoy algo preocupado de que algo se tuerza y no podamos estar con ella. No debería ser así porque el lunes deberían haberme dado el alta más que de sobra y haber llegado a Madrid, pero uno siempre propone y Belcebú dispone, así que… Le he dicho a Jon que pase lo que pase, no deje a María sola el primer día y que si tiene que irse a Madrid y dejarme, que lo haga porque a mí no me va a pasar nada, ni me van a eutanasiar por error en el hospital catalán. Él me ha contestado enchufándome en las narices con la manguera de la ducha, así que supongo que tendré que seguir con las negociaciones. Mucho me temo que con la presión de María no puedo contar. Ahora mismo cada vez que le pregunto “Quieres que papá esté contigo ¿a que sí?” me contesta “MI DA IGUAL NO TI PLUCUCUPLES PORQUE YO PRIGUNTO NONDE ISTÁ LA PLASTILINA ¿VALE?”, que en lenguaje María viene a ser “mira tronco, hay una brecha generacional entre nosotros y tenemos que ir reconociéndolo…”

He hablado más por skype a solas con Pedro, porque me pareció que ayer estaba algo nervioso. Su conversación (que ha durado 48 minutos de reloj) ha consistido en cuatro monosílabos y constantes miradas hacia el techo y hacia el suelo, mientras yo no paraba de contarle mi vida y milagros bajo el agua de Alicante. Cuando ya me estaba despidiendo, absolutamente desmoralizado por mi falta de conexión con él, me ha mirado un segundo a los ojos y ha dicho “¿cuándo me llamas otra vez?” y me ha dejado (una vez más) con cara de lemur. “No sé. ¿Quieres que te llame más?” “Sí. Me gusta cuando me llamas.” Luego, acto seguido, ¡plaf! me ha colgado en las narices.

La verdad es que tiene coña que después todo este tiempo, mi niño walpurgis siga sorprendiéndome con su walpurgismo. Pero mira… lo hace.