Juan sin miedo

Estoy cansado. Aún no tengo el visto bueno completo para conducir y noto la falta de coche para ir de la ceca a la meca. Hoy me ha tocado llevar un gato hasta Paracuellos del Jarama y cuando he llegado a la garita de la colonia, ya iba arrastrando los pies. Me han dado ganas de subirme con un alehop al camión de riego del ayuntamiento que estaba pasando, para que me acercara hasta mi casa. Este fin de semana probaré a conducir un poco por algún sitio. Se supone que algún relevo tengo que hacerle a Jon K. durante el viaje a Tarragona, por muy espartano que sea. Si no me siento como Miss Daisy y los trayectos se me hacen larguísimos.

Ayer llamó un vecino a nuestra puerta a eso de las doce de la noche para decirnos que le había parecido ver sombras extrañas con una linterna, al otro lado de la verja de la colonia que rodea nuestra zona. Jon dio el aviso a la garita, me dijo que entrara dentro y cerrara la mampara del jardín, y luego, tranquilamente, cogió el bate de baseball del paragüero (*) y salió en pijama y chancletas a echar un vistazo por su cuenta. Le dediqué mi mejor cara de lemur mientras desaparecía entre las sombras balanceando el bate en su mano derecha. Cuando ya prácticamente ni le distinguía le grité si no sería mejor que dejara que se encargara el de la garita y él me contestó “Solo voy a mirar. Entrad dentro.” Alucino con Jon. En noviembre hacemos ya cinco años de matrimonio, pero yo sigo alucinando con él como el primer día. De verdad que no he conocido en mi vida a nadie igual. O al menos a nadie igual que no estuviera dentro de una pantalla de televisión.

Después, con el corazón en un puño, estuve mirando un rato al otro lado del cristal de la mampara como un ratón de laboratorio con los tres niños alrededor, hasta que, en efecto, vi la luz de una linterna haciendo volatines al otro lado de la valla. Entonces, asomé el pescuezo y grité “quién va” como en las películas. Y una voz me contestó “Tranquilo, somos policías, estamos revisando la zona.” Luego, como media hora más tarde, llegó Jon silbando tan pichi, soltó el bate en el paragüero con un caclonc y me dijo “Qué buena noche hace para pasear.” y con esas, se puso a hacerse un chocolate entre nuestras tres miradas de estupefacción (y digo tres, porque aún estoy por ver a su cachorra pequeña “estupefactarse” con algo).

Así que para cerrar este post, volveré a repetirme: Alucino con Jon.