Halloween is coming

Y hoy, que me he despertado en plan lalala como una florecilla campestre absurda, ha tocado una jornada teeeeensa… teeeeeensa… que parece no tener fin.

Para empezar ayer por la tarde rajaron las ruedas al coche de mi jefe, en el parking, aprovechando un punto muerto en la cámara de seguridad. Mi primera reacción ha sido de alegría y jolgorio, no lo niego. Incluso he tenido que reprimir un ligero aplausito (siguiendo con el formato florecilla del campo). Pero ya cuando ha dicho “no necesito cámaras para saber lo que ha pasado. Ya sé por dónde van los tiros…” y ME HA MIRADO A MÍ, reconozco que ahí he debido de poner una cara de sorpresa interesante.

Ya ves tú. Un día me pongo los pelos azules y al siguiente me acusan solapadamente de rajar neumáticos. Pobre de mí. Yo, que ya no soy capaz ni de robar un bolígrafo. Pero como nuestro pulso personal por lo de mi aumento de categoría trascendió más allá de los despachos, supongo que ahora mismo se me considera su único enemigo, ergo el único capaz de querer dejarle sin coche útil a las siete de la tarde de un lunes. Eso es muy típico de los mezquinos. No ser consciente de los límites de su mezquindad y dar por hecho que si tienen un enemigo ya no pueden tener más. En fin. Tampoco es que su dolor espiritual sea algo que me quite el sueño, pero esto de ganarme famita de macarra sin comerlo ni beberlo es completamente nuevo para mí. Y no me está yendo nada bien con lo de poner cara de bueno para espantar las dudas maldicentes, porque justamente hoy tenía que recoger de la tienda todo el atrezzo para nuestra fiesta de Halloween del lunes y ahora mismo estoy rodeado de calaveras, cuchillos sanguinolentos, arañas de goma, dientes de vampiro, y caretas de Jason. Ya me dirás tú a mí con semejante paisaje como coño voy a lucir cara de bueno. Al contrario. Con cada uno que pasa y me ve, lo primero que debe pensar es “pues que dé gracias el jefe que solo le rajó las ruedas…”