La hormigonera

Se nos ha caído un trozo de alerón del tejado. Suponemos que por las lluvias. Anoche cuando ya hacía rato que estaban acostados los niños, estábamos viendo la tele y bumbarrabumblabarrumba. Como si se hubiera caído un trozo de cielo sobre nuestras cabezas. Hasta el suelo sentimos retumbar. Mientras subíamos como dos flechas a ver si estaban bien los tres niños, los perros (que están adiestrados para vigilar su sueño hasta que subimos nosotros) se nos cruzaron en dirección contraria hacia el jardín ladrando como esquizofrénicos y ahí ya nos tranquilizamos un poco al saber que fuera lo que fuera, no había sido arriba. La verdad es que la mierda de trozo que se desprendió, que no llegaba ni al metro de ancho, no fue nada proporcional al escándalo que formó. Una vez comprobado que niños, perros y gatos seguían enteros, salimos a ver el estropicio. Bajo la lluvia en bata, pijama y chancletas, como los campeones. Jon miró, comprobó y luego me echó “Entra dentro, no vaya a caerse más trozo y te dé en la cabeza.” “¿Y a ti no te da? ¿tú eres Flash?” “Ariel Serlik, o entras, o te entro.”

Cuando a uno le llaman por el apellido sabe que es el momento de claudicar refunfuñando. Ya sabes.

Esta mañana mientras desayunábamos han empezado a llegar los primeros hermanos Zeta con sus cinturones de herramientas y su cara de zafarrancho. Mi familia política es así. Como buenos espartanos, se movilizan con la misma rapidez para darse de hostias de amor, que para reparar aleros de tejado. Mientras terminaba de ponerle el dinoabrigo a María, he escuchado a Jon pedirle a su hermano Unai que trajera “la hormigonera”.

La hormigonera.

Creo que mi vida tiene dos dimensiones muy diferenciadas. Aquella en la que estoy yo poniendo un clavo y cargándome media pared, y otra en la que está Jon eligiendo espátulas mientras espera a su hermano, el de la hormigonera.