Uno rápido en un pimpán

Hemos empezado la operación tortuga. Resulta que hay doscientas variedades y que dependiendo de cómo vayas a mantenerla, es importante elegir una variedad u otra. Y como ninguno de nosotros dos es tortugólogo, tenemos aaaaaamplias posibilidades de cagarla con el dinosaurio. Este fin de semana iremos a una tienda especializada y pediremos socorro. Jon quiere empezar ya a adaptarle un trozo de jardín con lo que pueda necesitar. No vemos muy factible lo de dejarla suelta por ahí sin más. A menos que podamos elegir una tortuga psychokiller o una tortuga con arsenal de armas, porque pululando por nuestro terreno va a tener que cruzarse con tres perros zumbaos, una perra con ruedas 4×4 y tres gatos sin conciencia. Y eso no parece muy buen panorama para una tortuga.

También hemos empezado a planificar el menú de Navidad. Este año la Nochebuena la organizamos nosotros en casa, así que nos toca repartirnos las puñetas entre Jon y yo. Normalmente en una proporción 80/20 porque Jon cocina y yo no. Pero fui lo suficientemente gelipollas como para quejarme porque me había dejado solo al cargo de los canapés absurdos (como siempre) y me ha dejado también la pularda asada. Realmente, no sé por qué me quejé de que me dejara solo para untar minitostaditas, si realmente SOLO SÉ untar minitostaditas. Pero bueno… estas cosas son así. Uno habla y sube el pan. Desventajas de opinar primero y pensar después. Ahora tengo que conseguir canapés absurdos originales y una receta de pularda aceptable. Y recordemos aquí que mi única experiencia pulardiense fue con aquella que llevé sentada a mi lado hasta París en un avión militar y terminé tirando al Sena. Búscalo, búscalo. Creo que fue en la Navidad de hace tres o cuatro años. Aunque lo del Sena no sé si llegué a contarlo o está en mi limbo de cosas que nunca te he dicho. A saber. El caso es que necesito una receta de pularda con cosas.

Ya. Solo el hecho de nombrar un plato así, me define como cocinero. Lo sé.