Hace un lunes estupendo para ponerse intenso

Estaba pensando en lo de la reunión de excompañeros de instituto de Jon K. Él no está nervioso por presentarse conmigo delante de toda su exclase y darles a conocer que se ha casado con un tío. Le admiro bastante por eso. No por el hecho de descubrirse; eso más tarde o más temprano lo terminamos haciendo todos. Pero sí por el hecho de que el asunto no le altere ni lo más mínimo. Las miradas, los comentarios, las bromitas… es como si fuera impermeable a todo eso. Ni siquiera pasa por su cabeza. Cuando yo le digo “¿no les deberías avisar antes?” me mira como si le hubiera dicho que Batman existe. “¿Avisar de qué?” “De que vas conmigo.” “No, ya me dijeron que podían ir parejas, no te preocupes.” Y le observo, intentando encontrar algo. Una pose, una duda, una autodefensa… pero no. Nada. Solo una seguridad en sí mismo absoluta y pasmosa. Simplemente, para él lo que opinen de su vida aquellos que no le importan, carece de todo peso específico. Y yo lo admiro, de verdad. De verdad que sí. Admiro esa integridad y esa valentía. Yo he sido valiente en mi vida y no he dado pasos atrás jamás. Pero la verdad es esta: que no hubo ni uno solo de los que di hacia delante, que no me hiciera pensar, temer y dudar, al menos durante una décima de segundo.

Así que ya lo ves. Así empiezo esta semana. Empleando un post en admirar a Jon K. El valiente. El que no duda de sí mismo. El que jamás se esconde dentro de su espacio de confort, porque jamás se permite tener espacio de confort.

Ojalá fuéramos capaces de pasarnos este mundo y esta sociedad por los huevos, y educar a todos los que vengan detrás en esa misma fortaleza.