Hola, blog nuevo

Mi jefe está molesto conmigo desde hace varias semanas. He dejado de ser su pringado predilecto, y ahora apenas asoma por mi mesa. Es como si yo hubiera levantado alrededor una cúpula mágica de esas de Hogwarts, y él fuera un dementor calvo con bigote. Le veo cruzar el pasillo y empezar a aminorar la marcha a medida que se va a acercando a mi zona. Y en cuanto distingue mis posters de colorines y mis muñequitos de warhammer, allí se para, me lanza una mirada lúgubre, y se vuelve sobre sus pasos para intentar cruzar la sala por otra dirección que no implique tener que pasar junto a mí. Creo que quiere hacerme saber que está tremendamente dolido conmigo, pero hasta para eso es torpe y tontorrón. A estas alturas ya debería haberse dado cuenta de que no albergo ni el más mínimo sentimiento de culpa hacia las personas que no me importan. Por el contrario, estoy bastante tranquilo desde que me evita. Ojalá le dure la berrinchina hasta las vacaciones de verano y no tengamos que cruzarnos más palabras que los buenos días. El gallego está divertido y malévolo con la situación y no para de preguntarme «¿y qué crees que le has hecho?» y yo solo puedo encogerme de hombros y decir que no lo sé. No es que pretenda hacerme el interesante, ni el rebelde peliculero. Es que es verdad que no tengo ni puñetera idea. A saber. Igual fue por no ir a la comida de Navidad… o por no despedirme en Año Nuevo… o por contactar con el sindicato… o por no ponerme corbata… o por ser yo y seguir viviendo. No lo sé, de verdad. Ni creo que sea importante saberlo. Mira, ¿sabes? no se puede contentar a todas las personas que se te crucen en este mundo. Es imposible. Siempre, SIEMPRE, habrá alguien que te considere un imbécil. Y muchas veces no será más que un injusto malentendido, porque ese alguien ni siquiera se habrá parado a pensar que si no le saludaste aquel día, o no te acordaste de su cumpleaños, no es porque seas un soberbio pretencioso, sino simplemente un despistado tímido. Pero la vida es así. Cada uno de nosotros nos consideramos únicos y universales y nos olvidamos de todo lo que pueda rodear y/o condicionar a los demás. Mirarnos el ombligo forma parte de nuestro genoma humano. Así que nada. Cuando nos pase, cuando alguien nos odie de repente, y no sepamos ni por qué… mejor reírse, respirar, dar un rodeíto alrededor del foco chungo y dedicar el resto de nuestro tiempo a los que sí quieran molestarse en querernos. Que la vida no es tan larga como para perderla en tontunas.