Bache

Bajón anímico. Coincidencia de una serie de catastróficas desdichas que se juntan en un mismo punto para golpearte cuando tienes las defensas emocionales bajo mínimos. O lo que viene a ser un momento plof. Uno de esos momentos en los que los peldaños son montañas, y que vienen a coincidir con que te duelan las lumbares, la cabeza, la nariz, el cuello, estés resfriado, un compañero te haya mirado mal y tengas telarañas en la cuenta del banco. Se me nota. Me parece curioso que se me note, porque pienso que todo eso lo llevo magistralmente por dentro, pero no. No soy tan ninja. Porque ayer por la noche, y hoy por la mañana, Jon me preguntó si me pasaba algo. Se me nota. Y en realidad, esa es una de las ventajas del aislamiento. Que se te nota y no pasa nada. No tienes que forzarte a sonreír y decir «Nada. Estoy bien ¿por?» Ni tampoco ser sincero y soltar: » En realidad no me pasa nada grave, pero como soy un puto bipolar con una mente sin lógica y un hipotálamo jugando a joder, me siento triste e incapaz de sortear las mil minipuñetas que me pasaron el viernes y que continuarán este lunes. Porque el lunes tendré que volver a subir a hablar con el jefe para lo del anticipo para pagarme el seguro del coche que no dejo que tú me pagues y aguantar su soberbia y su mezquindad. Y tendré que ir a hacerme las ecografías del riñón, porque aún sigo teniendo un positivo en tumorales que hay que desentrañar, y luego no llegarás hasta las doce porque seguirás con tu pico de trabajo otra semana más, y yo volveré a faltar a otra clase del máster y cuando venga a casa la niñera me pondrá cara de perro porque me he retrasado media hora en llegar, y ya no podré pedirle que se quede otra hora el martes para que yo pueda ir a dar mi clase hasta Las Rozas, que será otro puto desastre porque no consigo que manejen las putas castañuelas, y ya es tarde para montar otro número que no sean las malditas goyescas que en qué puñetera hora se me llegaron a ocurrir .»

Pero ¿sabes? en realidad… no importa nada. No importa nada porque esto es como ver una película de la que ya te sabes el final. Y mi final es que solo debo esperar. Esperar y no pensar. Vivir este sábado y este domingo, por inercia. Porque mañana, o pasado, el hipotálamo habrá segregado una química nueva, y resultará que las montañas se han convertido en escalones. Y ya me querré, y no me pareceré tan chungo, ni tan mediocre. Qué coño. Ya me pareceré un superhéroe. Y todo seguirá girando como tiene que girar. Sin que nada de lo que nos rodea realmente importe demasiado.