Se me ocurre que podría grabarte podcast los sábados

Voy a aprovechar para quejarme otro poquito de mañana.

Mañana tengo que ir a la fiesta de excompañeros de Jon K. Y todo el mundo esperará que Jon K. vaya con una mujer. Porque ellos leyeron «me he casado» y ataron cabos a lo convencional. Si eres hombre solo puedes casarte en esta vida crisiana y normal, con una mujer. Hacerlo con un hombre, una papaya o un lemur NO es un matrimonio normal. Los que se casan con hombres caminan toda la vida sobre las brasas humeantes del preinfierno, desarrollan una piel escamosa y verde como la de un dragón komodo, duermen colgados de las uñas de los pies y desde luego NO VAN A LAS REUNIONES DE EXALUMNOS.

Menos Jon. Jon está casado con un hombre, está bueno y va encantado a las reuniones del cole sin despeinarse ni las cejas, porque es grande, simpático y espartano.

Yo también estoy casado con un hombre (cosas insalvables de la regla de tres) pero no soy grande, simpático ni espartano. Soy pequeño, calladito y pedorrín. Así que todos nos verán, lo fliparán y murmurarán. Mucho. Muchísimo, porque Jon ya era grande, simpático y espartano de antes, y nadie podía preveer de un vistazo que no fueran a gustarle las mujeres. A eso, añado que no es una cena de restaurante en la que yo pueda sentarme en una esquina y verlas venir. Es un catering con tres copas gratis por cabeza. Pasarán los camareros con bandejas y habrá que estar de pie dándose paseítos y exhibiendo palmito por allende la sala. Palmito pedorrín.

Mi salvación serán las tres copas por cabeza. Le he dicho a Jon: «me pediré rápidamente tres cubatas con vodka de importanción, y me los tragaré a la velocidad de la luz, en la primera media hora. Y ya todo dejará de importarme y solo me dedicaré a perseguir canapés.»

Él se ha reído. Obviamente, ha debido pensar que lo decía en broma.