Crónica

Tal y como esperaba, era una sala inmensa, con una fila de sillas puestas contra la pared, y una mesa larga, al estilo de los bailes de fin de curso de las pelis americanas. Éramos cerca de 70 personas y no había más que 25 sillas, así que lo de sentarse y quedarse ahí en un rincón en plan feo del baile quedó enseguida descartado. Había que estar en todo el medio, y además, de pie. Ese fue mi primer tropezón. La única forma de escapar de las miradas era meterse en el váter. Y la verdad… el tiempo que puedes estar ahí metido sin llamar la atención, y sin que terminen llamando al Samur para sacarte por si te ha dado un chungo en la taza, también es bastante limitado.

Nos dieron tres papelitos para tres consumiciones, en plan guatequillo cutre. Jon no quería beber, porque era zona de controles de alcoholemia, así que solo se pidió una cerveza. Yo me lancé en plancha al vodka, pero me sacaron de mi error en un pispás, porque los papelitos cutres eran solo para cerveza y/o vino, y cualquier cosa que quisieras tomarte aparte, tenías que pagarla de tu bolsillo. Así que, después de que me fallara el plan A de esconderme como si fuera un champiñón, el plan B de embolingarme y que nada me importara un carajo, también se fue al ídem. Tuve la esperanza de poder chutarme con tres copazas de vino, pero se fue enseguida también al traste, al comprobar con el primer vino blanco, que el amable camarero servía tres deditos por copa, de los que te bebes en un slurps. Y con esas, me comí el tropezón dos.

Pronto se impuso el ojiplatismo. Jon, simpático, sociable y chico popular como había sido (y es), fue estrechando manos y dando abrazos a diestro y siniestro dejando tras de sí toda una ristra de flipación colectiva en cuanto llegaba el momento de mi presentación y de la exposición pública de lo que era su vida actual. Nadie dijo nada desentonado, ni impertinente, pero igual dio, porque se amparaban todos en esa especie de “buenrollismo” forzado con sonrisa de muchos dientes, que siempre suele poner la gente cuando les sacas de su zona de confort mental. Yo no paraba de recordar todo lo que había aprendido el curso pasado sobre psicología gestual, y me iba sintiendo más y más incómodo, mientras un Jon, absolutamente inmune a todo, disfrutaba realmente de todos sus reencuentros. No conecté con nadie. Absolutamente con nadie. Ni maridos, ni esposas, ni novias, ni novios, ni hijos, ni primos, ni amigos, ni concuñados… nadie. Por no conectar, no conecté ni con el camarero roñoso, así que durante las casi cinco horas que duró el sarao me limité todo el rato a estar pegado a Jon como un pollito, acentuando así aún más esa imagen de nopuedesercierto que flotaba en el ambiente en un perpetuo in crescendo. Y con eso… alcancé el tercer hoyo.

Entonces se apagaron las luces y alguien encendió una pantalla gigante que estaba en la pared. Jon dijo “mira, van a poner el vídeo” y yo, inocente, majete y aún más pollito si cabe, pregunté “¿un vídeo de vuestro cole?” a lo que él me respondió “No, el montaje que han hecho con los vídeos que enviamos.” Fue entonces cuando la sangre me hizo currunclefsh y se me congeló a la altura del hígado. Me agarré al brazo de Jon y de pollito pasé a suricata bipolar. “Tío…quéhasenviadopordiosquéhasenviado…” y él me devolvió su sonrisa espléndida, incólume, inmune, ajena a todos los males del mundo, y dijo “naaaada… un vídeo nuestro de por ahí.” En aquel instante, todo pareció suceder muuuuuuy despacio, como el mannequin challenge de una cuarta dimensión en la que no hubiera más movimiento que mi respiración hiperventilando y mis gotas de sudor resbalando cogote abajo, así que no sabría decirte si fue justo en ese momento, antes o después, cuando se hizo el silencio más absoluto y salí yo, sonriendo en la pantalla gigante, con mi bata de Buzz Light Year y los pelos como una pesadilla de Kandinsky, masticando magdalenas directamente de la caja con aire de camello, mientras me tapaba con la manga diciendo “no me grabes, cabrón” a la vez que una María en tutú pasaba por detrás de mí gritando “TINGO CACA, PÍMPAME EL CULETE ¿VALEEEE?.”

Y con eso ya alcancé el cuarto bache y pude rodar al fin con todos mis huesos hasta el fondo del cañón.