Cangrejo

Ahí fuera están montando el escenario para nuestra fiesta Rock ‘Roll de mañana. Yo estoy haciendo ensalada de pasta y bocadillos porque Jon y yo iremos temprano a hacer una pequeña caminata campestre con los perros. Muy temprano. Sobre las 8h., para que sea uno de esos sábados en los que da tiempo a todo. Lo de la caminata se lo he pedido yo. Me noto oxidado y me duelen los hombros y la parte baja de la espalda. Necesito resucitar mis pobres e inexistentes musculitos de estas tres últimas semanas de stress absoluto y demoledor (cuatro con la que viene).

Jon quiere hacerme una foto para poner en la cabecera del blog y otra para el perfil. Yo no quiero ni una cosa, ni la otra. Él dice que la hará a contraluz y que no se me verá. Yo sigo sin querer. Odio las fotos y especialmente las fotos en las que salgo yo. No me considero nada bonito como para salir en una foto. Voy a contracorriente porque sé que a todo el mundo le gusta y que sonríen, lanzan besos, entornan ojos, abrazan gatos, estrenan pelos, levantan cámaras, se abrazan (patataaaaaaa), beben capuccinos y se autoadmiran en secreto de lo sexy de sus labios. Voy a contracorriente, y odio las fotos. Ahora Jon me persigue y colecciona fotos mías tapándome la cara con los brazos y diciendo NO. Parezco un divo del rock huyendo de los paparazzi. Solo espero a que se canse. Siempre se cansa. Tardará dos, tres semanas. Y luego se le olvidará y ya volverá a hacerme fotos normales mientras estoy en pantalón de pijama, rascándome la tetilla y comiendo pan con aceite. Dirá «qué guapo» y las irá guardando en su montañita de discos duros.

No me gusta enseñarme. Hablo cada día de mí desde hace… doce años y no me gusta enseñarme. Es la paradoja del cangrejo ermitaño.  El que se esconde dentro de la concha más sofisticada y hermosa. Ese. Ese pringao.