La insoportable pesadez del ser

En mi departamento, tengo dos compañeros trabajando conmigo. Tengo a mi compañero gallego; cerrado, extraño, bipolar e introvertido. Y luego tengo a mi otro compañero salmantino; gay, inmaculado, afectado, vital. El gallego odia al salmantino y el salmantino odia al gallego. Son un huevo y una castaña. Lo cual tampoco debería el problema, porque si ellos son castaña y huevo, yo soy un higo chumbo, y no tengo problemas especialmente importantes con ninguno de los dos. Pero ellos se odian. Es estar más de dos días trabajando juntos, y el gallego empieza a tener que empastillarse, a sufrir migrañas, a mostrar un comportamiento pasivo-agresivo, a entrar en depresión profunda. Es estar más de tres, y el salmantino empieza a dar golpes en la mesa (con susto y descolocamiento de mis figuritas de warhammer), lanzar susprios lúgubres de vampirella, llenarme la cabeza de chismes que si “mira lo que me ha dicho…”, que si ” fíjate como me ha mirado…”

Durante las cinco semanas que el salmantino estuvo de baja por romperse un dedo (accidentalmente, no es que hayan llegado a las hostias. Al menos todavía) el gallego fue cooperativo y feliz. Me quería, me ayudaba ( y mucho), charlaba despreocupadamente, hacía bromas… Ha sido reincorporarse el salmantino, y ya ha entrado en su pozo profundo. Hoy han sido ocho horas de quejas, de lamentos, de “no creo que pueda llegar…” de “este ruido de su música es insoportable…” de “estoy bloqueado, me va a dar una migraña…”

Estoy del gallego y del salmantino hasta más allá del santísimo cipote.

No puedo con los odios. Me parecen cansadísimos y absurdos. La quema de energía más idiota que pueda existir. Así que, sinceramente, lo único que me apetece desde ayer que me reincorporé, es pasar una capita de cemento por encima de ambos, alisar con alquitrán, pintar una raya continua y hala. Que me traigan otros dos nuevos para empezar de cero.