Ración de mar

He tenido las primeras negociaciones de mi subida salarial y estoy bastante agotado mentalmente, pero aún así me siento a escribir, porque mañana me voy a Santander con Jon a pasar el fin de semana y no estoy seguro de querer llevarme el portátil. Iba a hacer toda una diatriba sobre lo que había dicho bien, lo que había dicho mal, lo que me habían dicho ellos, las amenazas, mi órdago y blablablabla, pero no creo que sea bueno que deje todo este poso en la cabeza, así que voy a imaginar que soy una cafetera italiana con patas. Me desenrosco currunc-currunc, me saco el filtro swip-clinc, lo golpeo contra el borde del cubo tonc-tonc-tonc y hala. A la basura todo el poso de lo que ha sido la conversación sobre salario de hoy. Mañana tocará otra y nosecuándo otra, pero ya las iré toreando. Si no, voy a terminar en formato chicle y NADA en el mundo laboral merece la pena como para dejarte en formato chicle en tus horas libres.

Lo de Santander es una de esas improvisaciones maravillosas de Jon K. Él tenía que asistir a una reunión allí el sábado por la mañana, así que reservó un hotel, tiró de abuela-canguro, y me invitó a ir con él y aprovechar para darnos una ración de mar. No te puedes imaginar lo bien que me viene. Necesito no pensar en nada. Pasear por la playa, comer cefalópodos, ver museos marítimos, palacios, acuarios, casinos, puñetas… Además ayer gané 300€ por la patilla con una apuesta absurda de 5€ que me dio por hacer jugándomelos a que el Barcelona ganaba 6 a 1 (ya ves tú. Donde manda patrón, resulta que ganó el marinero), así que voy a aprovechar para gastármelos en Santander. No sé en qué. En sobaos y anchoas de Santoña. En la ruleta. En vodkas con naranja. En Jon K.

Qué larga y lenta es la vida a veces. Sobre todo en primavera. Ya he empezado con mis alergias indefinidas a todo y nada. Mientras estábamos en la reunión de dos párrafos más arriba, se me caía la moca constantemente. Las chicas de las mesas al otro lado de la mampara del despacho me miraban con conmiseración. Supongo que debían pensar «ay, pobrecillo… hasta le están haciendo llorar.» En un momento he tenido que asomar la nariz y pedirles un kleenex. Era eso o sonarme con la camiseta. Ha quedado fatal eso de estar luchando por mis derechos como un duro guerrero y tener que pedir un kleenex para la moquilla. Mi apunte para la próxima reunión (que la habrá y no muy tarde) es llevarme kleenex y sentarme con el pis ya hecho. Que también ha sido algo que me ha estado estorbando un pelín.

Ya. Soy un desastre. Es porque no entiendo de presencias y apariencias. Lo que ves es lo que hay. Supongo que por eso nadie me toma en serio. Ni siquiera yo. Ni ganas que tengo.