El Atolón yo

Esto se acerca y yo sin neopreno. Jon anda ya revisando estado de mochilas, calculando rutas y recopilando documentaciones. Hace un rato he estado mirando con él la rayita roja sobre el mapa que serán los tres aviones que tendremos que coger para llegar hasta el Atolón yo. El último es un hidroavión. Según parece donde voy, no hay suelo. Me he acojonado un poco de pensarlo. No mucho. Lo justo y suficiente. Ya me preocuparé cuando llegué el momento. Total… igual me da morirme en Maldivas que en cualquier otro sitio. Y lo del hidroavión da caché al obituario. Jon está contento e ilusionado. Me cuenta un montón de cosas que no logro retener en la cabeza. Hoy me hablaba de nosequé de un velero, unas duchas y un restaurante sobre el agua. Luego llegará el momento de vivirlo, fliparé mucho y diré «¡¡¡QUÉ MARAVILLOSO!!» Jon dirá «Es como te lo conté ¿no?» y yo pondré mi cara de nada y responderé «ah pues…ehm… pues eso.» La verdad es que quisiera concentrarme más en ello, y sacarme de la cabeza todas las mierdas laborales de estas últimas semanas. Ni siquiera he mirado bien a dónde voy. A una mancha azul-verde en un mapa, que se llama como yo. Menos mal que no es un viaje de aventura, sino de placer, porque si tuviera que concentrarme en mapas, rutas o sitios donde poder dormir, no sé yo si iba a ser capaz de salir más allá de Cuenca.